María Pombo y la trinchera de los libros

Javier Fornell

La semana pasada, una tal María Pombo (reconozco que he tenido que buscar quién era la susodicha) incendió las redes sociales con una frase tan simple como explosiva: “No sois mejores por leer, hay que superarlo”. Lo dijo en tono casual, como quien opina sobre la foto oficial del Cádiz o sobre un nuevo bolso. Pero, en un país donde la lectura se convierte con frecuencia en símbolo de prestigio y en el reducto de una minoría lectora, esas palabras resonaron como un cañonazo. Los artículos indignados, los memes crueles y los juicios de valor contra la influencer se extendieron como el fuego en un reguero de pólvora. Y, como siempre ocurre, la discusión terminó degenerando en un juicio sobre quién tiene la razón absoluta.

Pero, ¿tiene razón la Pombo? Sí y no. Es cierto que leer no nos convierte automáticamente en mejores persona. No garantiza la virtud ni otorga patente de corso moral. Tampoco evita que un lector empedernido pueda ser, en la vida práctica, un imbécil. Hasta aquí, la influencer señala una obviedad. Pero su afirmación encierra un riesgo mayor: banaliza la importancia de un hábito que no es un simple entretenimiento más, sino una herramienta de libertad personal y colectiva, al aportarnos cultura general, permitirnos conocer otros mundos y, más importante aún, otras ideas, ideologías, culturas y religiones.

Leer no debería entenderse como una medalla, pero sí como un camino. A través de los libros ampliamos el mundo, nos ponemos en la piel de otros, aprendemos a mirar más allá de nuestras certezas. Quien lee a Cervantes descubre el humor de la derrota y la cordura del pesimismo de Sancho; quien se adentra en García Márquez conoce la potencia de la memoria colectiva; quien abre un ensayo entiende que el pensamiento es una conversación que trasciende épocas. No se trata de “ser mejor” que los demás, sino de disponer de más ventanas abiertas.

En sociedades que se comunican a golpe de vídeo de veinte segundos, la lectura es un refugio contra la inmediatez y la manipulación. No es casualidad que los regímenes autoritarios siempre desconfíen de los libros: forman ciudadanos críticos, capaces de sospechar, de cuestionar, de resistir la propaganda. Dejar que la lectura se trivialice como un simple hobby, intercambiable con cualquier otra actividad, equivale a desarmar esa capacidad de defensa. Ya saben: Pol Pot ordenaba asesinar a quienes llevaban gafas: eran peligrosos ya que podían leer.

Pombo tiene millones de seguidores. Su opinión, por tanto, no es inocua. No se le puede exigir que se convierta en prescriptora cultural, pero sí conviene recordar que cada vez que se relativiza el valor de los libros se alimenta la idea de que el esfuerzo intelectual es prescindible. Y sin esfuerzo no hay ciudadanía sólida, sino apenas consumidores dóciles.

La verdadera respuesta a la polémica no es insultar a la influencer, ni santificar a los lectores. Es reivindicar la lectura como una elección libre y gozosa. No porque otorgue superioridad moral, sino porque nos ofrece algo infinitamente más valioso: un espacio interior. Quien lee multiplica sus vidas posibles, desarrolla empatía, encuentra palabras para sus emociones y, sobre todo, aprende a pensar por sí mismo.

No somos mejores por leer. Pero somos más libres. Y en estos tiempos de ruido y prisa, quizá eso es lo único que todavía merece la pena defender.

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