La documentación: base de la escritura

Javier Fornell
Javier Fornell

Escribir una novela consiste, en cierta manera, en mentir. Inventamos personajes que nunca existieron, lugares que quizá jamás veremos y acontecimientos que solo suceden porque alguien decidió ponerlos sobre el papel. Sin embargo, para que una mentira literaria funcione debe contener una buena dosis de verdad. Y esa verdad no siempre tiene que ver con los grandes acontecimientos de la Historia, sino con los pequeños detalles que hacen que una historia resulte creíble.

Por eso creo que documentarse es una de las tareas fundamentales de cualquier escritor. Incluso cuando la novela que tenemos entre manos no es histórica. Existe cierta tendencia a pensar que la documentación pertenece exclusivamente a quienes escriben sobre otras épocas: el novelista que sitúa su historia en la Edad Media tendrá que conocer las costumbres de aquel tiempo; quien escriba sobre la Guerra Civil deberá saber cómo era la vida cotidiana, qué moneda circulaba o cómo funcionaban las comunicaciones. Pero ¿acaso no necesita documentación quien escribe una novela contemporánea?

Un personaje que trabaja de médico, por ejemplo, no puede comportarse como si hubiese aprendido medicina viendo una serie de televisión. Un policía no puede investigar un crimen exactamente como lo haría un detective de novela negra de los años cuarenta. Un abogado tendrá una manera concreta de expresarse y determinados procedimientos que no puede saltarse porque al escritor le convenga. Incluso alguien que simplemente entra en una cafetería tiene que pedir las cosas de una determinada manera dependiendo del lugar, del momento y de quién tenga delante.

Son detalles aparentemente insignificantes. Precisamente por eso son importantes. El lector quizá no sepa explicar qué falla, pero percibirá que algo no encaja. La literatura tiene una especie de detector de mentiras incorporado. Podemos inventarlo todo, pero no podemos hacerlo de cualquier manera.

La documentación sirve, por tanto, para construir la verosimilitud. Y la verosimilitud no significa que aquello que contamos tenga que ser cierto, sino que el lector pueda creer que podría haber sucedido. Esta diferencia es fundamental: Una novela puede contar la historia de un personaje completamente inventado y resultar absolutamente real. Y, al contrario, puede estar basada en acontecimientos históricos auténticos y parecer falsa. La realidad, por sí sola, no garantiza la verdad literaria.

Documentarse tampoco significa llenar las páginas de información. Ese es otro de los errores frecuentes. El escritor que ha pasado meses leyendo sobre una determinada profesión, una ciudad o una época puede sentir la necesidad de demostrarle al lector todo lo que sabe. Pero una novela no es una tesis doctoral. La documentación debería estar al servicio de la historia, no convertirse en protagonista de ella.

El lector no necesita saber que hemos consultado veinte libros para describir una calle. Necesita sentir que esa calle existe. Ahí está, probablemente, una de las grandes diferencias entre un texto simplemente correcto y un texto verdaderamente convincente. El primero nos cuenta cosas. El segundo consigue que las veamos. Para conseguirlo hay que investigar. Hay que leer periódicos antiguos, consultar mapas, conocer las distancias, comprobar horarios, entender cómo se utilizaban determinados objetos, saber cuánto costaba un café o qué medios de transporte existían. Hay que preguntar a profesionales cuando sea necesario. Hay que visitar los lugares, si es posible. Y, sobre todo, hay que aprender a hacerse preguntas.

Muchas veces la documentación comienza precisamente con una duda aparentemente absurda: ¿cómo habría llegado este personaje hasta allí? ¿Qué habría visto al abrir la ventana? ¿Cuánto habría tardado en recibir aquella carta? ¿Existía ese medicamento? ¿Cómo se llamaba aquella calle? ¿Podía una mujer hacer aquello en ese momento? ¿Qué habría ocurrido si hubiese llamado a la policía?

Son preguntas que quizá nunca aparezcan en la novela. Pero sus respuestas estarán detrás de ella. Porque documentarse no consiste únicamente en acumular datos. Consiste en eliminar errores. Y los errores, especialmente los pequeños, tienen una capacidad extraordinaria para romper la magia de una historia. Hay algo especialmente peligroso en la falta de documentación: el escritor puede acostumbrarse a su propio error. Después de escribir varias páginas, aquello que ha imaginado comienza a parecerle natural. Si no contrasta su imaginación con la realidad, termina confundiendo lo que sabe con lo que simplemente ha supuesto.

Por eso considero que la documentación es también un ejercicio de humildad. Nos recuerda que el mundo es mucho más complejo de lo que creemos. La novela, en definitiva, puede inventar la historia, pero no puede inventar impunemente la realidad que la sostiene. Incluso la fantasía necesita reglas. Incluso la ciencia ficción necesita coherencia. Incluso una novela ambientada en nuestra propia ciudad necesita investigación. Porque cuanto más cercano es el mundo que describimos, más fácil resulta que el lector detecte nuestras trampas. Y quizá esa sea una de las paradojas más hermosas de la literatura: cuanto mejor hacemos nuestro trabajo de documentación, menos se nota. El lector no debería pensar en nuestros libros y mapas, en nuestras conversaciones con especialistas o en las horas que hemos pasado buscando un dato perdido. Debería limitarse a leer y pensar: «Sí. Esto podría haber ocurrido».

Ese es el momento en que la mentira se convierte en verdad: la verdad de la novela.

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