Javier Fornell
Hace ya bastante que la industria literaria en nuestro país está dando pábulo a un cierto tipo de escritor que, jugando a ser personaje, se convierte en el centro de las miradas. Autores que, muchas veces, destacan más que por lo que dicen y hacen que por lo que escriben. Una sensación que me viene desde la primera presentación que le vi a Juan Gómez Jurado, fenómeno de masas que convertía en un teatrillo la presentación de su obra. Y que cobró todavía más fuerza con la llegada de Custodio a Planeta después de su paso por la bañera de Broncano.
Lo que no esperaba era que el aceitunero rural, simpático y humilde que escribe desde su móvil -y que, seguramente, no va a ser más que un pasatiempo que se desinflará muy pronto- tuviera un espejo en todo un premio Nadal. David Uclés, personaje más que autor, ha sabido nadar en el marketing de la polémica para hacerse conocido entre un gran público que parece huir de su lenguaje grandilocuente. Escritor de diccionario, los llamo yo. Esos autores que no están hechos para la boca del asno, y que nos llevan a pararnos cada poco para tratar de saber qué es lo que nos quiere decir. Y eso que habla claro, por ejemplo para insultar a los relatistas (con lo difícil que hacer un buen relato o un buen cuento), convirtiendo en “paja” a Borges y compañía. También ha demostrado el buen papel de polemista con el X Encuentro de Letras en Sevilla.
Personajes literarios que parecen escapar de sus propios libros y vivir una vida paralela, medio inventada medio real, disfrazados de escritores de culto. Algo que, por cierto, se ve a todos los niveles del mundo literario (desde autopublicados hasta multieditados y premiados). Un mundo que se escapa del literario para ir, poco a poco, adentrándose en aquel frikismo que Javier Cardenas convirtió en moda televisiva con sus Yurena, Paco Porras y demás Eso sí, con mucho (a veces) más nivel cultural.
Personalmente, trato de huir de ellos, quizá por creer que la literatura además de servirnos de aprendizaje, debe servirnos de evasión. Yo no me acerco a un libro para sentirme tonto; ni para tener que parar cada cinco líneas a interpretar lo que el autor quiere (o no) decirme. Y, por supuesto, huyo de esa grandilocuencia, ese narcisismo ególatra tan necesario en el autor, pero que en estos personajes se lleva hasta el extremo. Quizá para esconder un gran complejo de inferioridad, como el disfraz en el que muchas veces se esconden, ya sean boinas o camisas hawaianas.
Lo peor es que ha cambiado mis hábitos de lectura. Estoy volviendo a releer muchos clásicos y a centrarme en aquello que me despeje la mente. Sin pretensiones ni sobreexposición de los autores. Rebuscando en las primeras páginas, de pie, frente a un estante en cualquier librería, esperando que esas letras iniciales me arrastren a la lectura. Sin importar autor y, mucho menos, el personaje que lo esconde.
