Entrevista al escritor Jesús Relinque

Gaditano, cadista, informático, escritor. No sé cuál sería el orden correcto. Quizás dependa del día en que me preguntes. Me gusta vivir con pasión las cosas que me gustan y evitar todo lo que puedo las que no me gustan. Y si nos quedamos en el campo de la escritura, pues Jesús Relinque es alguien en cuya cabeza bullen decenas de historias todo el rato, que pugnan por salir y que me empujan a ir cumpliendo metas.

La mejor formación está ahí, justo al lado, en cada balda de la estantería del salón, en las múltiples salas de la Biblioteca Provincial, en los pasillos de la biblioteca de barrio. Leer, leer lo bueno para tratar de replicarlo, leer lo malo para tratar de no caer en esa senda. No estoy en contra ni mucho menos de la formación en escritura, pero dudo que ningún curso pueda superar a lo que puedan enseñarte autoras y autores a través de sus obras.

Era pequeño. No sé, ocho años, quizá. Escribía acerca de los primeros videojuegos a los que jugaba. Hacía pequeñas reseñas, si podemos llamarle así. Mezclaba lo que leía en revistas con mi experiencia y algún toque de esa imaginación que chisporrotea en la mente del niño como burbujas en un caldero de bruja.

Luego, un salto temporal, quizás con veinte años, vinieron los primeros relatos cortos, las primeras poesías. Todo malo, muy malo. Cómo no iba a serlo. Mi tío José Manuel Relinque me picó el gusanillo con sus obras, quise imitar sus maneras, salió regular.

Una etapa más en este camino. Leí obras juveniles, leí fantasía épica, leí a Verne, a H.G.Wells, a Agatha Christie, a Bécquer, a un autor anónimo que escribió esa maravilla llamada El lazarillo de Tormes. Las semillas iban multiplicándose hasta que me puse a redactar análisis de videojuegos para mi PixeBlog, para MeriStation y otras revistas digitales. Luego, mi primer ensayo de historia del videojuego, los primeros relatos cortos seleccionados. La primera novela, La llave de los Misterios, 2018, a caballo entre la febril imaginación de lo insólito y lo maravilloso y la autobiografía. Es bonito echar la vista atrás. A veces viene bien para coger de nuevo impulso y seguir remando.

Es una de esas preguntas cuya respuesta también puede variar dependiendo de múltiples factores. Sin embargo, quizás haya dos, tres títulos que repitan siempre en mi particular convocatoria. Leyendas de Bécquer es una pasada, es el alumbramiento de un nuevo género, el fántastico-folk del que tantos hemos bebido en nuestras obras.

Cualquiera del maestro Ruiz Zafón. Yo me quedaría con Marina porque es un puente maravilloso entre lo juvenil y lo adulto. Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute, una lección de cómo contar una vasta historia épico-fantástica de manera exquisita y elegante. En cuanto a libros que ayuden a asentar las bases de la escritura, me quedo con el sempiterno Mientras Escribo de Stephen King, porque se aleja de técnicas específicas y va a lo que va, a ayudarte a evitar errores e hincarle el diente a la página en blanco. La Carretera de Cormac McCarthy, una lección de cómo economizar frases para desgarrar al lector con su cruda descripción del apocalipsis, al igual que ocurre en el Pronto será de noche de mi tocayo Cañadas. Taletober: Breves historias para las noches de octubre, de Alma Alanís, por ser un ejemplo de talento conjugado en el mínimo espacio posible.

Buf, qué complicado quedarse con unos pocos. Tal vez mañana te dijera algunos totalmente distintos. Eso sí, esto es importante: mis propias obras también me sirven de cabecera, por una razón sencilla: aprender de los errores cometidos, tratar de crecer. No puedes perder de vista tu propio camino recorrido.

No sé si estoy en disposición de dar consejos, pero sí puedo decir lo que a mí me ha servido: escuchar a aquellos que sí que saben. Cuando empiezas a dar charlas frente a un público nutrido, el salto al vacío impone, congela en ocasiones. Fíjate en cómo dominan los tiempos los grandes, en cómo gestionan los silencios, el ritmo. Modula tu propia cadencia dependiendo del feedback, porque no siempre funcionará lo mismo para todos los públicos. Es un arte el comunicar mediante una ponencia y, esto es muy importante, no todo el mundo tiene por qué hacerlo bien. Y no pasa nada si es así.

Me centro en la historia del videojuego, ya sea juegos españoles (Génesis / Continue Play) o de forma más genérica como en Siguiente Fase. Desde siempre he estado muy preocupado por saber qué hay tras bambalinas. Por qué tal diseñador hizo tal cosa en este juego, qué dificultades encontró el grafista para representar este otro elemento, curiosidades, datos desconocidos. El videojuego es un arte -y esto ha costado mucho que se reconozca-. Su factor lúdico e interactivo es su principal característica, pero también ofrece un vasto campo de estudio sobre todo lo que lo rodea. Documentar la historia del videojuego español, acceder a testimonios de boca de los propios protagonistas de la fantástica época dorada siempre ha sido algo plenamente satisfactorio. En Siguiente Fase quise revestir al libro de ese factor lúdico, haciendo que los capítulos fueran preguntas de Trivial cuya solución se desarrollaba poco a poco hasta averiguar la respuesta correcta.

He tenido la suerte de que La llave de los misterios se convirtiera en material escolar en numerosas ocasiones. Es una suerte y una responsabilidad. Cuando he acudido a colegios a hablar con los jóvenes lectores me he enfrentado al público más exigente de cuantos existan. Hay gente que cree que escribir infantil o juvenil es más sencillo, y es justo todo lo contrario. No puedes tratarlos de tontos, no puedes perder su atención. Son capaces de escudriñar tras el texto y ver más allá. Es una experiencia fascinante.

Con La llave de los misterios traté de conjugar varias fórmulas: el eterno regreso a los ochenta que llevamos tiempo viviendo, los misterios y leyendas del folklore gaditano y las referencias a películas como Los Goonies y libros como La Historia Interminable. Y, por supuesto, mi amor hacia los videojuegos. La coctelera logró funcionar, y eso, en una primera novela, es un auténtico bastinazo.

Para la reedición de La llave, de la mano de Kaizen Editorial, tuve la oportunidad de reescribir y modificar ciertos pasajes del original con los que no quedé del todo satisfecho. Fue como insertar una moneda de cinco duros en la recreativa después de haber perdido todas las vidas. La novela merecía estar de nuevo disponible. Revisarla con la perspectiva del paso del tiempo fue duro. A menudo, los autores rehúyen el volver a una novela que han publicado. Y lo entiendo. Es como mirarte en un espejo cuyo reflejo probablemente esté distorsionado, mucho más de lo que uno recuerda. Por suerte, quedó una edición chula que podéis encontrar en cualquier librería.

Depende de la novela, depende del ensayo. Si tuviera que sacar un factor en común, dicho factor sería que las escribí mientras compaginaba con mi trabajo principal. Con lo cual, la disciplina era clave. Si bien se hace harto complicado establecer rutinas, debido precisamente al poco tiempo libre que queda cuando cerramos jornada laboral, lo que es indispensable es que te marques hitos, que seas constante y responsable, y que le eches todas las ganas del mundo. Que si tienes hoy solamente cinco minutos para escribir, juegues ese tiempo como si estuvieras en la segunda parte de la prórroga teniendo que remontar el marcador. No queda otra.

Es un tema interesante, delicado, del cual podríamos hablar durante una entrevista completa. Luces y sombras. Yo mismo me he aprovechado de ella. He autopublicado en Amazon un libro llamado Crónicas del Randonauta que conjuga ensayo y relatos cortos acerca de una App de móvil muy enigmática que señala puntos misteriosos en un mapa. Había trabajado sobre dicha App para realizar una colaboración con el podcast de mi amigo Santi Camacho, DEX, y quería aprovechar ese punto de partida para publicar un libro que seguramente hubiera sido complicado de que viera la luz de otra manera. Igualmente, La Ciudad Oscura, misterio y suspense durante la posguerra de ese Cádiz mágico donde suelo ubicar mis obras, una de las novelas que publiqué en el pasado con editorial, está disponible actualmente en Amazon después de que quedara en el limbo. Y eso es magnífico. Hay mucha gente que ha logrado publicar gracias a la autopublicación. Gente buena, metódica, gente con talento que lo merece.

También hay gente, mucha gente, que ha publicado sin tener ni una pista de lo que son los rudimentos más básicos de la escritura -y de la lectura, que es más sangrante-. Y eso duele. En suma, es una herramienta, y como todas las herramientas, puede utilizarse para hacer el bien o el mal. Y eso depende de la persona que la empuñe.

Estoy a vueltas con un thriller con tintes sobrenaturales que transcurrirá sobre las calles de Cádiz. También me gustaría continuar las aventuras de El Club de los Pringaos, que me consta que mucha gente los espera. Las historias no se acaban. Solo queda trabajar para que lleguen a ver la luz. Y tener un poquito de suerte, por supuesto.

Claro. Suelo estar activo en Instagram (@jesusrelinquepedja) y en Twitter (@PedjaPixeblog). En mi página web hay una referencia de las obras que he publicado hasta ahora: https://jesusrelinque.com.

Muchísimas gracias por la oportunidad y por el tiempo. Nos vemos en los libros. O en los bares.

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