Javier Fornell
Hay escritores a los que conocemos antes de haberlos leído. Cormac McCarthy es uno de ellos. Su nombre aparece asociado inmediatamente a La carretera, No es país para viejos o Meridiano de sangre, y esas tres obras han terminado construyendo alrededor de él una imagen casi definitiva: la del escritor de la violencia, de los paisajes desolados, de los hombres enfrentados a un mundo que parece haber perdido cualquier rastro de piedad. Pero quizá esa imagen, siendo cierta, resulte demasiado cómoda.
Pero McCarthy es bastante más que eso. A veces pienso que los grandes escritores tienen un problema parecido al de los grandes monumentos. Todo el mundo conoce su fachada, pero pocos se molestan en entrar. Y con McCarthy sucede algo parecido. Sus libros más populares han terminado proyectando una sombra enorme sobre el resto de su obra, hasta el punto de que algunas de sus novelas fundamentales parecen haber quedado relegadas a la condición de notas a pie de página.

El guardián del vergel, su primera novela, publicada en 1965, es un buen ejemplo. Todavía no encontramos ahí al McCarthy perfectamente reconocible de sus últimas obras, pero sí aparecen ya muchas de sus obsesiones. La naturaleza como espacio de libertad y amenaza, los personajes que viven al margen de las normas, la pobreza, la soledad y, sobre todo, esa mirada hacia quienes han quedado fuera del relato oficial de la sociedad. Es una novela de formación, no solamente para sus personajes, sino también para el propio escritor.
Después llegaría Hijo de Dios, una obra mucho más incómoda. McCarthy no busca en ella la simpatía del lector ni pretende ofrecerle personajes fácilmente clasificables. Al contrario: nos obliga a mirar hacia lugares que preferiríamos evitar. Y esa puede ser una de las características más interesantes de su literatura. McCarthy nunca parece demasiado interesado en decirnos quién merece nuestra compasión. Se limita a colocar a sus personajes frente a nosotros y dejar que seamos nosotros quienes decidamos qué hacer con ellos.
Pero si existe una novela que considero imprescindible para comprender al verdadero McCarthy, esa es Suttree. Es curioso que una obra tan importante haya quedado relativamente eclipsada por sus novelas posteriores. Suttree es, en muchos sentidos, un libro que contiene varios McCarthy dentro de sí. Hay violencia, sí, pero también humor. Hay miseria, pero también una extraña forma de ternura. Hay personajes grotescos, aunque nunca completamente desprovistos de humanidad. Y está la ciudad, Knoxville, convertida casi en un personaje más.
Cornelius Suttree vive apartado de una sociedad a la que parece haber renunciado voluntariamente. Y, sin embargo, cuanto más se aleja de ella, más cerca parece estar de comprenderla. Esa contradicción me parece profundamente mccarthiana: sus personajes buscan escapar del mundo y terminan descubriendo que no existe ningún lugar completamente fuera de él.

Quizá por eso Suttree sea una novela que se disfruta más cuando se lee despacio. No es un libro que necesite únicamente una trama. Necesita tiempo. Hay páginas que parecen detenerse para contemplar un paisaje, una calle, un rostro o una conversación aparentemente insignificante. McCarthy demuestra aquí que sabía hacer algo que después muchos lectores olvidarían al hablar de él: observar. Y observar es también una forma de contar.
Algo parecido sucede con The Sunset Limited, una obra teatral aparentemente mínima. Dos hombres conversan en una habitación y, a partir de esa situación sencilla, McCarthy construye una discusión sobre Dios, la existencia, la esperanza y el sentido de la vida. No hacen falta grandes paisajes ni persecuciones. No hacen falta cientos de páginas. Basta con dos voces.
Es una obra especialmente interesante porque permite descubrir al escritor que existe detrás de la violencia de sus novelas. El McCarthy que piensa. El que duda. El que coloca frente a frente dos formas irreconciliables de entender la existencia y se niega a resolver el conflicto por nosotros.
Quizá esa sea una de las razones por las que resulta tan difícil encerrar a McCarthy dentro de una etiqueta. ¿Es un escritor de novela negra? ¿Un autor del Oeste? ¿Un narrador de la violencia? ¿Un escritor filosófico? ¿Un heredero de Faulkner? Probablemente hay algo de todo ello y, al mismo tiempo, ninguna de esas definiciones resulta suficiente.
Porque sus libros hablan de la frontera, pero también hablan de nosotros.
La frontera de McCarthy no es únicamente un lugar geográfico. Es también una frontera moral. Sus personajes viven constantemente en el límite entre la civilización y la barbarie, entre la fe y la desesperanza, entre la necesidad de sobrevivir y el deseo de conservar aquello que todavía podemos llamar humanidad.
Por eso me interesa especialmente reivindicar sus obras menos conocidas. No porque haya que leerlas para demostrar que uno conoce mejor a McCarthy que los demás, ni porque las novelas famosas sean menores. Al contrario. La carretera es una obra extraordinaria precisamente porque consigue condensar muchas de las preocupaciones que el escritor había desarrollado durante décadas.
Pero ningún escritor debería quedar reducido a sus tres o cuatro títulos más populares.

Leer a McCarthy desde El guardián del vergel, Hijo de Dios, Suttree o The Sunset Limited permite comprobar que detrás del autor convertido en icono existe un escritor mucho más complejo. Un escritor interesado tanto por la violencia como por el silencio, tanto por la muerte como por la posibilidad de seguir adelante, tanto por los grandes dilemas filosóficos como por la vida de aquellos hombres y mujeres que casi nunca aparecen en las historias que contamos.
Y quizá ahí esté el verdadero valor de regresar a sus libros menos conocidos: descubrir que Cormac McCarthy no escribía sobre un mundo oscuro.
Escribía sobre un mundo humano.
Y ambas cosas, aunque a veces lo olvidemos, no son exactamente lo mismo.
