
El balanceo del alacrán es un thriller ambientado en Vigo. Inspirada en el naufragio del pesquero Villa de Pitanxo, Eduardo Fernán-López nos engancha a una trama que utiliza un caso real para construir una ficción policiaca.
De entre todas las cosas que me gustan de esta novela, quizá destacaría el respeto que ha tenido el autor por la norma y las reglas del género. La historia está bien llevada por una pareja de investigadores: Tristán Negreira y Virginia Almada.
Sus diálogos y sus acciones transcurren entre las calles de Vigo, trasladándonos a todos aquellos lugares que deberíamos visitar después de disfrutar de esta puesta en valor de la ambientación literaria. Lo llaman thriller atmosférico, al parecer; yo simplemente lo definiría como un conjunto de excelentes descripciones.
Como en todo buen policiaco, no puede faltar el cadáver: siempre debe haber un muerto y un asesino. En este caso, el autor nos describe todo lo que rodea la investigación del hipotético asesinato de Raúl Barros, presidente del conglomerado empresarial propietario del pesquero hundido, que aparece muerto junto a su hija, con la que hacía tiempo que no se hablaba.
En este conglomerado se mueven los intereses de una lista de sospechosos que nos hablan de la tradición empresarial, los socios y los trabajadores. Resulta complicado no detenerse en estos últimos y en sus familias, lo que aporta a la novela un tono social y crítico que yo, personalmente, empezaba a echar de menos. Eduardo Fernán-López bebe de los clásicos, quizá de Manuel Vázquez Montalbán o Juan Madrid.
Pero, sobre todo, creo que la novela respira ese aire nostálgico, esa tristeza dulce que tan bien sabía plasmar Domingo Villar. Quizá estemos ante un escritor que simplemente ama el género en todas sus vertientes. Y eso se nota: la lectura resulta tan placentera que, en muchas ocasiones, roza la crónica periodística a través de las distintas narraciones de los detalles de la investigación sobre el pesquero y las muertes que lo rodean.
Por Daniel Lanza Barba
