
Si uno compara la construcción pública y literaria de David Uclés con la de Custodio, aparece una diferencia interesante, y no hablo de calidad: la relación con la verdad estética. Uclés representa una literatura que parece dialogar constantemente con su propia imagen. Su obra y su presencia pública forman un ecosistema inseparable: cada gesto, cada intervención, cada reivindicación de lo rural parece reforzar un personaje cuidadosamente ensamblado. Eso le da potencia simbólica, sí, pero también introduce una sospecha: la de que el relato precede a la experiencia. La de ser un personaje construído desde la boina a los pies.
En cambio, Custodio —con todas sus limitaciones formales o incluso con una escritura que se me antoja bastante deficiente— ofrece algo distinto: una sensación de honestidad. Su literatura no parece obsesionada con convertirse en fenómeno ni con convertir el territorio en marca personal. Y eso que su marca es realmente potente, pero se muestra al desnudo. O al menos así lo parece: mientras Uclés juega al cliché campestre, Custodio es un personaje real del mundo rural que ahora escribe.
Y eso, culturalmente, tiene peso.
Puede discutirse si Custodio escribe “mejor” o “peor”; por supuesto, su prosa carece de la sofisticación o del vuelo metafórico que sí se reconoce en Uclés. Pero hay lectores que encuentran en él una clase de honestidad narrativa más desnuda: menos pendiente de la pose, menos interesada en monitorizar su propia procedencia.
La diferencia es casi paradigmática. Mientras Uclés parece inscribirse en la tradición contemporánea del autor-total —ese escritor que no solo publica libros, sino que performa una identidad completa, que canta fados, pinta cuadros y se exilia de la fama—, Custodio encajaría más en una figura antigua: la del escritor que escribe sin necesidad de convertir cada aspecto de su biografía en capital simbólico, el que simplemente lo hace sin pretensiones, quizá sabiendo que no tiene muchas metas más que alcanzar en este mundillo.
Eso me plantea una pregunta incómoda: ¿qué valoramos hoy más en literatura? ¿La potencia del texto o la potencia del personaje? Porque quizá ahí esté la clave. En una época donde la industria cultural premia la visibilidad, la coherencia estética puede confundirse con autenticidad. Y la autenticidad, a su vez, con verdad.
Custodio, incluso siendo autor menor nacido de un segundo televisivo, parece representar una resistencia involuntaria a ese mecanismo. Uclés, por el contrario, encarna su versión más afinada: la del escritor que entiende que, en el siglo XXI, la obra nunca viaja sola; convirtiéndose en un personaje más de su universo literario.
Y es que, a veces, el personaje pesa más que los libros.
