Cuando el amor duele y nos lo venden como romántico

Laura Travis

Hace unas semanas terminé Romper el círculo de Colleen Hoover. Lo hice con una mezcla de curiosidad y prevención: es uno de esos libros que se han vuelto virales, que ves en cada TikTok literario, en cada lista de “lecturas que te rompen el alma” y, claro, en la mesa de novedades de todas las librerías. Y lo terminé. Entero. Porque no me gusta opinar sin leer. Pero terminé también profundamente incómoda. Con una sensación pegajosa que todavía no se me va del cuerpo.

En teoría, Romper el círculo es una historia de superación, de violencia de género, de amor propio. Y sí, en parte lo es. Pero el camino que recorre para llegar ahí es… complicado. Incómodo. Y no en el buen sentido.

La novela cuenta la historia de Lily, una joven que se enamora de Ryle, un neurocirujano exitoso, encantador, pero con un temperamento violento. La historia se adentra en la complejidad del ciclo de la violencia y, para ser justas, no lo romantiza del todo. Pero el problema —mi incomodidad— surge de cómo se cuenta, de los matices, de lo que se insinúa aunque no se diga.

Porque por momentos, Ryle no parece un maltratador, sino un hombre “herido”, “que lucha contra sus demonios”, y a quien casi podrías justificar. Porque Lily sigue deseándolo, incluso cuando ya sabemos que ha cruzado líneas peligrosas. Porque hay una tensión romántica no resuelta que se mantiene viva, y eso incomoda. Porque muchas lectoras (y lectores) lo interpretan como una gran historia de amor, en vez de lo que realmente es: una historia de abuso emocional y físico.

Y esto me hace preguntarme: ¿por qué una novela sobre violencia machista termina siendo consumida, en masa, como si fuera un romance desgarrador? ¿Qué dice eso sobre las narrativas que seguimos alimentando?

No culpo a Colleen Hoover de la recepción que ha tenido su libro, pero sí creo que hay algo problemático en el tono, en la ambigüedad, en esa mezcla de “esto está mal pero ay, qué intensidad tan irresistible”. Porque muchas de nosotras, criadas a base de novelas románticas, aprendimos a ver el amor como algo que duele. Como algo que exige sacrificio. Como algo que perdona lo imperdonable si viene envuelto en flores, pasión y excusas.

Como feminista, me preocupa que estos relatos se sigan disfrazando de empoderamiento cuando en realidad perpetúan la idea de que el amor puede salvar a un maltratador. Que si una mujer es lo suficientemente fuerte, lo suficientemente paciente, puede romper el círculo y salir ilesa. Pero no siempre se puede. No siempre se sobrevive. Y no siempre el final es tan esperanzador como en la ficción.

Lo que más me inquieta de Romper el círculo es que genera identificación. Y eso es precisamente lo peligroso. Porque cuando tantas mujeres se ven reflejadas en esa historia, no estamos hablando solo de literatura. Estamos hablando de una cultura entera que sigue confundiendo el amor con el sufrimiento.

Sí, es importante contar estas historias. Pero también es urgente contarlas con más cuidado, con más crítica, con más responsabilidad. Porque lo que leemos moldea lo que creemos posible, lo que aceptamos, incluso lo que deseamos.

Y yo, sinceramente, ya no quiero desear amores que duelen.

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