Alejandro Dumas, el verdadero precursor del true crime

Hoy parece que hemos descubierto una nueva forma de fascinación literaria y audiovisual: el true crime. Las plataformas de televisión compiten por ofrecer el siguiente documental sobre un asesino, los pódcast reconstruyen crímenes que conmocionaron a la sociedad y las librerías dedican cada vez más espacio a investigaciones sobre algunos de los episodios criminales más célebres de la historia. Nos hemos acostumbrado a escuchar reconstrucciones de asesinatos, analizar perfiles psicológicos y seguir investigaciones policiales como si cada caso fuera una novela por entregas. Sin embargo, convendría recordar que esta pasión por convertir los crímenes reales en literatura tiene un nombre propio mucho antes de que existieran las cámaras, los micrófonos y las plataformas digitales: Alejandro Dumas.

Y no, no se trata de una comparación caprichosa ni de buscar un antecedente ilustre para justificar una moda contemporánea. Dumas fue uno de los grandes precursores de la narrativa moderna del crimen real. Su obra Crímenes célebres constituye una demostración extraordinaria de que los ingredientes fundamentales del actual true crime ya estaban presentes en la literatura del siglo XIX: acontecimientos criminales documentados, personajes históricos, investigaciones, procesos judiciales, motivaciones psicológicas, intrigas familiares y una narración capaz de mantener al lector atrapado hasta el desenlace.

Dumas entendió algo que hoy parece una fórmula de éxito editorial: la realidad puede proporcionar historias mucho más fascinantes que la ficción. Y no necesitaba inventar asesinos, conspiraciones o tragedias familiares. Le bastaba con acudir a los archivos de la historia.

En Crímenes célebres, publicada originalmente por entregas a partir de 1839, el escritor francés se adentró en algunos de los episodios criminales más conocidos y perturbadores de la historia europea. Los Borgia, los Cenci, la marquesa de Brinvilliers y otros protagonistas de sucesos que habían alimentado durante generaciones la imaginación popular se convertían en personajes de sus relatos. Pero lo verdaderamente importante no era la elección de los casos, sino la manera de abordarlos.

Dumas no se limitaba a contar quién había matado a quién. Esa es, precisamente, la diferencia entre una simple crónica de sucesos y una auténtica narración criminal. Su interés estaba en reconstruir el universo que rodeaba al delito: las relaciones personales, las ambiciones, los conflictos de poder, las pasiones, las debilidades y las circunstancias históricas que podían explicar cómo alguien terminaba protagonizando un crimen extraordinario.

En otras palabras, Dumas comprendió que el asesinato era solamente la superficie de la historia. Lo verdaderamente interesante estaba debajo.

Tomemos como ejemplo los casos de los Borgia y los Cenci. En el primero, el crimen se entrelaza con las luchas políticas, las ambiciones familiares y las leyendas que rodearon a una de las dinastías más controvertidas del Renacimiento. En el segundo, la tragedia de una familia aristocrática se convierte en una reflexión sobre la violencia, la autoridad, la justicia y la responsabilidad. Dumas no encuentra únicamente acontecimientos escabrosos: encuentra conflictos humanos que permiten al lector aproximarse a una época y comprender sus contradicciones.

Esta es una de las razones por las que Crímenes célebres merece ser considerada una obra fundamental en la historia del género. Dumas tomó materiales procedentes de la historia y de la crónica criminal y los sometió a una estructura narrativa que hoy reconocemos perfectamente. Investigó acontecimientos, seleccionó personajes, reconstruyó escenarios, desarrolló motivaciones y organizó los hechos para construir relatos con tensión dramática. No inventó el crimen real como materia literaria, pero contribuyó decisivamente a convertirlo en una experiencia de lectura autónoma.

Naturalmente, sería injusto exigirle el rigor metodológico de un periodista de investigación contemporáneo. Dumas era un novelista y utilizaba las licencias narrativas propias de su oficio. Recreaba diálogos, dramatizaba escenas y, en ocasiones, se movía entre la documentación histórica y la imaginación literaria. Pero esa circunstancia no invalida su aportación. Al contrario, permite comprender el nacimiento de una tradición en la que documentación y narración conviven, aunque deban distinguirse cuidadosamente.

También hay una cuestión que conecta especialmente su obra con el debate actual sobre el true crime: la fascinación por el criminal. Dumas sabía que los lectores sentían curiosidad por aquellos individuos capaces de protagonizar los episodios más extraordinarios, pero no se conformaba con convertirlos en monstruos incomprensibles. Le interesaba el contexto, la personalidad y el entramado de circunstancias que los rodeaban. Su propósito literario iba más allá de provocar sorpresa o escándalo.

Y aquí es donde su legado resulta especialmente oportuno. El éxito contemporáneo del true crime ha generado productos excelentes, investigaciones rigurosas y trabajos periodísticos de enorme valor, pero también ha propiciado una explotación del crimen como espectáculo. A veces parece que el asesino importa más que la víctima, que la reconstrucción morbosa prevalece sobre la investigación y que la búsqueda de audiencia termina imponiéndose a cualquier consideración ética.

Dumas nos recuerda que existe otra manera de acercarse a estos acontecimientos. Una manera en la que el crimen sirve para hablar de la historia, de la sociedad, de la justicia y de la condición humana. Una manera en la que el lector no se limita a consumir una sucesión de atrocidades, sino que participa en la reconstrucción de un episodio histórico.

Por eso considero que Crímenes célebres debería ocupar un lugar mucho más destacado cuando hablamos de los orígenes del true crime. No como una curiosidad bibliográfica ni como una obra menor dentro de la producción de uno de los grandes novelistas franceses, sino como un antecedente esencial de una forma de narrar que hoy atraviesa la literatura, el periodismo y el audiovisual.

Mucho antes de que se popularizara la expresión true crime, Dumas ya había encontrado su fórmula narrativa: tomar un crimen verdadero, reconstruir su contexto, explorar a sus protagonistas y convertirlo en una historia capaz de atrapar al lector sin renunciar a su dimensión histórica.

Quizá deberíamos dejar de preguntarnos por qué nos fascinan tanto los crímenes reales y empezar a preguntarnos quién nos enseñó a leerlos como historias. Y en esa respuesta, junto a los grandes cronistas judiciales y narradores de sucesos del pasado, hay un nombre que no debería faltar: Alejandro Dumas.

Porque el true crime no nació con Netflix. Mucho antes de que las cámaras reconstruyeran los escenarios de un asesinato, Dumas ya había convertido la historia criminal en literatura.

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