
Hay algo profundamente revelador en la polémica que se ha desatado alrededor del uso del guion largo en los textos generados por inteligencia artificial. De pronto, un signo ortográfico que lleva siglos formando parte de nuestra tradición literaria se ha convertido en una especie de prueba incriminatoria. Basta encontrar una raya en un diálogo o una aclaración entre incisos para que alguien levante la ceja y sentencie: «Esto lo ha escrito una IA». Y lo verdaderamente preocupante no es la acusación, sino lo que revela sobre quienes la formulan.
La raya no es un invento de ChatGPT, ni una extravagancia de los algoritmos, ni una moda importada de la literatura anglosajona. Es un signo de puntuación perfectamente asentado en la escritura española, con unas funciones concretas y una larga tradición de uso. La encontramos en Cervantes, Galdós, Baroja, Delibes y en buena parte de los escritores que han construido nuestra literatura. Renunciar a ella por miedo a que alguien confunda su presencia con una intervención de la inteligencia artificial sería tan absurdo como dejar de utilizar los puntos y comas porque una máquina también sabe dónde colocarlos.
Lo que está sucediendo es que hemos empezado a desconfiar de determinados elementos de la escritura no por su incorrección, sino precisamente por su corrección. Y eso debería hacernos reflexionar.
Conviene establecer una diferencia que parece haberse perdido en medio de tanto debate: no es lo mismo corregir un texto que escribirlo mediante inteligencia artificial. La corrección gramatical y ortotipográfica es una parte esencial del trabajo editorial y literario. Revisar una concordancia, eliminar una repetición, corregir una coma, ajustar un diálogo a las normas académicas o detectar una errata no significa delegar la creación en una máquina. Significa, sencillamente, trabajar con rigor.
Un escritor puede redactar una novela de principio a fin, revisar cada párrafo, consultar el diccionario, recurrir a un manual de estilo y contratar a un corrector profesional sin que por ello su obra deje de ser suya. De hecho, eso es lo que tradicionalmente se ha esperado de cualquier autor que se tome en serio su oficio. La literatura no termina cuando se escribe la última palabra. Después viene el trabajo, muchas veces ingrato, de pulir, corregir y volver a corregir.
Sin embargo, parece que hemos entrado en una época en la que escribir correctamente despierta sospechas. Si un texto presenta una puntuación cuidada, alguien preguntará si lo ha revisado ChatGPT. Si el autor emplea un vocabulario preciso o construye una oración subordinada sin perderse por el camino, quizá también tenga que demostrar que no ha recibido ayuda de un algoritmo.
Es triste. Y, sobre todo, es un síntoma.
La llegada de Amazon y de las plataformas de autopublicación transformó radicalmente el panorama editorial. Por primera vez, cualquier persona podía poner un libro a disposición de los lectores sin depender de una editorial tradicional. Fue una democratización indiscutible de la publicación, una oportunidad extraordinaria para autores que hasta entonces no encontraban espacio en el mercado. Pero aquella libertad también tuvo consecuencias. La ausencia de filtros editoriales permitió que llegaran a las estanterías virtuales obras sin una revisión adecuada, textos que confundían escribir con teclear y libros en los que la corrección ortográfica parecía un lujo prescindible.
No se trata de despreciar la autopublicación, ni mucho menos. En ese universo han aparecido autores excelentes, proyectos editoriales valiosos y obras que merecían haber encontrado su sitio en las librerías. El problema nunca fue la posibilidad de publicar sin intermediarios, sino que una parte del sector terminara confundiendo la facilidad para publicar con la preparación necesaria para hacerlo.
Y ahora, con la irrupción de la inteligencia artificial, parece que hemos pasado de un extremo al contrario. Antes se publicaba sin corregir; ahora se sospecha de quien corrige. Antes se confundía la cantidad de libros disponibles con una mayor riqueza literaria; ahora se confunde la corrección formal con la intervención de una máquina.
Quizá el verdadero problema sea el progresivo empobrecimiento de nuestro bagaje cultural. No conocer las normas ortotipográficas, desconocer la tradición literaria de nuestra lengua o no distinguir entre una raya y un guion no debería convertirse en motivo de vergüenza, porque todo el mundo tiene derecho a aprender. Lo preocupante es que esa falta de conocimiento se transforme en una herramienta para desacreditar a quien sí conoce esas normas.
La inteligencia artificial plantea desafíos reales para la literatura. Puede generar textos, imitar estilos, construir argumentos y producir páginas enteras en cuestión de segundos. Debemos debatir sobre su utilización, sobre la autoría, sobre los derechos de los escritores y sobre la responsabilidad de quienes comercializan obras generadas automáticamente. Pero ese debate merece altura intelectual y no puede reducirse a perseguir signos de puntuación.
La IA no ha inventado el castellano, ni sus reglas, ni sus recursos expresivos. Tampoco ha inventado la raya. Que una herramienta conozca una norma no significa que debamos renunciar a ella para diferenciarnos de la herramienta.
Me niego a imaginar una literatura en la que los escritores tengan que empobrecer voluntariamente su lenguaje para demostrar que son humanos. Me niego a pensar que debamos abandonar determinadas convenciones ortográficas por miedo a que alguien nos acuse de utilizar inteligencia artificial. Y me niego, sobre todo, a aceptar que la ignorancia de las normas termine convirtiéndose en el criterio con el que juzgamos la autenticidad de un texto.
Defendamos la riqueza de nuestra lengua y la corrección gramatical y ortotipográfica como partes inseparables del oficio de escribir. Y, si queremos discutir sobre inteligencia artificial, hagámoslo con argumentos, conocimiento y criterio.
Porque quizá la verdadera tragedia de la literatura del siglo XXI no sea que las máquinas hayan aprendido a escribir, sino que algunos seres humanos hayan empezado a considerar sospechoso que alguien sepa hacerlo.
Matiza la afirmación sobre la rayaReduce las repeticiones del cierre
