Entrevista al escritor Eduardo Formanti

Definirse uno a sí mismo es muy difícil, ya que nuestra visión siempre es muy parcial y limitada. Por contestar a su pregunta, digamos que ante todo soy un lector empedernido, alguien que desde muy niño buscó a través de los libros la magia y el encanto de poder vivir otras vidas y correr otras aventuras. La escritura llegó después, cuando quise plasmar sobre el papel mi mundo interior, el deseo ancestral que todos tenemos de contar historias, de dar rienda suelta al narrador que llevamos dentro.

Cuando emprendí mi camino en el mundo de las letras, no existían talleres literarios ni espacios concretos para la formación de escritores. Mi aprendizaje fue autodidacta, forjado en la vorágine de la lectura voraz y en las tertulias literarias. Acodado sobre la mesa, absorbía las palabras de los escritores, mientras compartía mis propios escritos. Con humildad, aceptaba las críticas y los consejos, que poco a poco moldearon mi estilo y mi forma de narrar.

Fue en la Facultad de Filosofía y Letras donde mi pasión encontró un nuevo cauce. Allí, entre libros y debates, comencé a colaborar con revistas literarias, enriqueciendo mi voz y ampliando mis horizontes. Así, en ese crisol de experiencias y aprendizajes, fui forjando mi identidad como escritor.

Desde muy niño me gustaba escribir historias en pequeñas cuartillas que guardaba entre los libros de la escuela. Con el tiempo, esas cuartillas se transformaron en relatos que comencé a publicar en revistas literarias y artículos de opinión en periódicos locales. Luego, llegarían los premios literarios y, tiempo después, solo cuando consideré que tuve algo que aportar, decidí dar el salto y sondear el mundo editorial.

Son muchos los libros que han dejado una huella imborrable en mi vida, y me resulta difícil resumirlos en pocas líneas. Desde La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson hasta las novelas de aventuras de Emilio Salgari y Julio Verne, que devoraba con avidez durante mi infancia y adolescencia, hasta los clásicos de nuestra literatura, cuya lectura considero imprescindible, han pasado por mis manos cientos de historias.

Hay libros a los que siempre regreso. Entre ellos, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski, Las uvas de la ira de John Steinbeck, La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina, o a las antologías de relatos de William Faulkner, Julio Cortázar, Juan Rulfo y Fernando Quiñones.

No soy muy dado a dar consejos, además cada escritor tiene sus costumbres y sus manías a la hora de enfrenarse al folio en blanco. Escribir novelas, por ejemplo, requiere de una técnica y de mucho hábito. No se escribe una novela a golpe de inspiración. Hay que dedicarle muchas horas y ser muy disciplinado. Detrás de un libro hay muchísimo trabajo, muchas horas escribiendo, leyendo y releyendo, tachando y volviendo a empezar. En mi caso suelo comenzar siempre releyendo lo último que he escrito, corrigiendo, subrayando dudas, antes de seguir.

Las prisas no son buenas, hay que afianzar lo escrito, buscar la palabra correcta, la expresión adecuada, caminar lento pero seguro y no rendirse ante la adversidad, armarse de paciencia y leer muchísimo. Al fin y al cabo, lo que verdaderamente nos enriquece es la lectura.

No sabría decantarme por ninguno. Todos en sí, guardan un anecdotario extenso y variado. Lo cierto es que le debo muchísimo a los certámenes literarios. Gracias a ellos, fui progresando como escritor, porque no es lo mismo escribir un relato, un poema o una novela para ti o para que la lean tus amigos, que escribirla para presentarla a un certamen. El hecho de participar en un certamen te obliga a corregir el trabajo con mayor minuciosidad, a trabajarlo mucho más de lo que lo hubieras hecho si solo lo hubieras escrito para ti o para leerlo a los amigos o contertulios.

Publicar esta antología de cuentos fue un empecinamiento mío, ya que todos mis amigos me aconsejaban que publicara una novela y no un manojo de relatos que, según ellos, no se iban a valorar en su justa medida. Desgraciadamente, en este país se tiene el convencimiento de que el relato es un género menor, una especie de laboratorio donde el escritor se forja antes de dar el salto a la Novela, la protagonista por antonomasia. Nada más lejos de la realidad, el cuento es un género literario en sí mismo, y su dificultad es extrema. Un cuento tiene una técnica muy precisa, una sola palabra o expresión, puede truncar toda la historia. Si un cuento no te atrapa desde la primera frase, será un cuento malogrado. Muchos escritores, a pesar de contar con buenas novelas no han sabido, sin embargo, escribir buenos cuentos.

Afortunadamente no me equivoqué a la hora de querer publicar un libro de relatos y mi terquedad llegó a buen puerto. Denominé a la antología Cuentos abandonados porque considero que los cuentos nunca se terminan escribir, ya que, cada vez que los lees, siempre estas modificando cosas, cambiando algún adjetivo o expresión, por eso la única forma de acabar un relato es abandonarlo y poder así pasar al siguiente.

San Fernando Secreto es un paseo por la Isla de León, donde voy contando con la mirada de un ensimismado escritor todo lo que veo en derredor. En mi caminar, me voy deteniendo en cada rincón de la ciudad, describiendo lo que observo, lo que escucho o lo que huelo.

Las bondades que ofrece esta ciudad son totalmente desconocidas, tanto su riqueza paisajística como su enorme patrimonio artístico y, por supuesto, el importantísimo papel que esta ciudad ha asumido en más de una ocasión en la historia de este país. Todo esto ha sido soslayado a lo largo de toda su existencia.

Destacaría, por ejemplo, el castillo de San Romualdo —embrión de la ciudad junto al puente Zuazo—, el castillo de Sancti Petri, en cuyas inmediaciones estuvo ubicado el templo de Melkart. Sin olvidarme de la regencia española en el colegio de las religiosas de la Compañía de María o las sesiones de las Cortes constituyentes, en plena invasión napoleónica de la Península Ibérica. Todo esto forma parte de la historia, no ya de San Fernando, sino de nuestro país.

Desvelar paso a paso ese gran secreto que es la ciudad de San Fernando, fue lo que más me motivó a escribir este libro.

Desde siempre me ha resultado muy complicado resumir las historias que escribo. No sé contarlas de otra manera. El final de la tregua arranca con una llamada a un número equivocado que alterará para siempre la abúlica vida de un contable que trabaja en una discreta agencia portuaria. Seducido por la morbosa voz que le contesta al otro lado, se verá arrastrado por una espiral de lujuria, violencia y engaño, de la que no podrá escapar.

En esta novela aparecen reflejados los bajos fondos de una ciudad, Cádiz, llena de luces y sombras, por donde discurren las vidas de personajes oscuros, supervivientes a un destino al que les ha llevado una sociedad que los maltrata. Mientras que, en un segundo plano, dos personajes conversan en el centro de una habitación del faro de Trafalgar. Dos desconocidos que deberán averiguar qué es aquello que les une a ambos. 

Además de mis perfiles personales en Facebook e Instagram, mis libros cuentan con páginas dedicadas donde se publica toda la información relacionada con ellos, incluyendo eventos, reseñas y más.

La novela Algo que callar (Kaizen Editores) ha sido presentada en la Feria del Libro de San Fernando, coincidiendo con la publicación de esta entrevista.

aime, un brillante abogado en la cima de su carrera, viaja a Fuerteventura con un oscuro propósito: asesinar a su esposa. Pero lo que comienza como un plan meticuloso y sin fisuras pronto se ve alterado por fuerzas que escapan a su control.

Mientras tanto, Bernabé, su inseparable compañero de bufete y viejo sabueso de causas perdidas, recorre la isla ajeno al peligro que lo acecha. Su obsesión por desentrañar los secretos que dejó la huella nazi en Fuerteventura lo conduce hasta las ruinas de una mansión olvidada y un cementerio abandonado, donde la tumba de un vagabundo despierta en él una inquietante fascinación.

En otro rincón del mundo, Ramiro, un abúlico profesor experto en la vida y obra de Eugène Delacroix, se ve envuelto en París en una intensa y desconcertante relación con Naira, una joven guía turística. Esta historia de amor y desencuentro lo arrastrará hasta la isla de Fuerteventura, sin saber que ese viaje marcará su destino para siempre.

Cinco vidas entrelazadas y una isla cargada de secretos. En Algo que callar, los hilos del pasado y del presente se entreveran en una trama de traición, violencia, redención y misterio, donde cada personaje deberá enfrentarse a sus propios fantasmas antes de que sea demasiado tarde.

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