Entrevista a la escritora María Mateos

Diría que María Mateos es, ante todo, una persona con dos vocaciones que siempre han ido de la mano: la abogacía y la literatura. No me he visto nunca eligiendo entre una y otra, porque en realidad se alimentan mutuamente: el derecho me ha enseñado a mirar la realidad con precisión, y la escritura me ha dado la forma de contarlo de un modo que llegue.

También soy una mujer que se ha hecho a sí misma, con sus aciertos y con sus errores. Y precisamente esos tropiezos —los que te obligan a parar, a replantearte cosas y a crecer— han sido los que han reforzado mi manera de ejercer: hoy vivo mi profesión con más consciencia, más pasión y más compromiso que al principio.

En el camino he intentado trabajar con autenticidad, incluso en detalles que parecen pequeños, como la forma de presentarme o la estética profesional. No por llamar la atención, sino por ser coherente conmigo misma y demostrar que se puede ser rigurosa sin encajar en un molde rígido. De ahí nació Mateos Selma Abogados: un despacho diferente, cercano, con personalidad propia.

Y como la literatura siempre ha estado ahí, quise tender un puente entre ambos mundos. Por eso creé a Alba Regio, mi “avatar” literario, con el que cada semana traduzco el derecho a relatos cotidianos con humor, para acercarlo a la gente y quitarle ese miedo o esa distancia que a veces provoca. Al final, si tuviera que definirme, sería eso: alguien que trabaja con seriedad, escribe con verdad, y busca que lo complejo pueda entenderse sin perder humanidad.

Mi formación académica es, sobre todo, jurídica. Soy licenciada en Derecho por la Universidad de Cádiz (UCA), desde 2013, y desde julio de 2014 estoy colegiada como abogada ejerciente en el Ilustre Colegio de Abogados de Cádiz, condición que mantengo hasta la actualidad.

Además, completé el Máster en Abogacía en 2016, que fue un paso importante para consolidar no solo la base teórica, sino también la preparación práctica necesaria para ejercer con responsabilidad y criterio en el día a día.

La escritura ha estado conmigo desde muy pequeña. Recuerdo sentirla casi como una necesidad desde los ocho años: esa especie de impulso que te acompaña por dentro y que no se apaga, aunque la vida se llene de otras prioridades. Con los estudios y la carrera, es verdad que la dejé bastante aparcada, más por falta de tiempo y energía que por falta de ganas.

Durante la pandemia retomé el hábito, casi como un refugio: escribir para pasar el rato, para ordenar lo que se estaba viviendo y para no sentir que los días eran todos iguales. Pero si tengo que señalar el momento en el que la escritura se convirtió en una constante de verdad —no algo esporádico, sino una parte estructural de mi vida— fue en septiembre de 2024.

En ese momento atravesé una situación personal muy dura que desembocó en una depresión importante. Y dentro del proceso terapéutico, además de la medicación, apareció la lectura como herramienta para mantener la ansiedad a raya, y la escritura como una rutina nocturna: escribir cada noche para combatir el insomnio crónico, para vaciar la cabeza, para darle salida a lo que no encontraba otra forma de salir.

Ahí entendí algo muy simple y grande a la vez: para mí, escribir no es solo entretenimiento. Es una forma de sostenerme, de salvarme y de sanarme. Por eso hoy no concibo mi vida sin la escritura, porque no es un “hobby” que hago cuando me apetece: es un espacio de calma, de verdad y de supervivencia emocional.

En mi biblioteca hay varios autores y sagas que ocupan un lugar muy especial, porque no solo los he disfrutado como lectora, sino que también me sirven como referencia a la hora de escribir y entender cómo se construye una historia que atrapa.

En novela negra y thriller, tengo muy presentes las novelas de J.D. Barker, especialmente El cuarto mono, por esa mezcla de tensión, ritmo y oscuridad bien medida. También las obras de Luis A. Santamaría —la serie de Mónica Lago o personajes como Toni Galán—, porque conectan con un tipo de narrativa que me interesa mucho: directa, con personalidad y con esa sensación de que el caso no es solo un caso, sino un espejo de lo humano. Y, por supuesto, un lugar privilegiado lo ocupa la trilogía de John Katzenbach, El psicoanalista, que para mí es una referencia clara cuando hablamos de suspense psicológico y de cómo mantener al lector con el pulso apretado página tras página.

Y luego está la otra parte de mí, la que se alimenta de la fantasía. Ahí, inevitablemente, El Señor de los Anillos tiene un sitio casi intocable, no solo por la historia en sí, sino por la sensación de mundo completo, de mito y de épica emocional que construye.

Al final, si tuviera que resumirlo, diría que mis referencias nacen de mis dos géneros de casa: la novela negra y la fantasía. Son los dos territorios que más me han llamado siempre, y los que siguen guiando mi forma de leer, de imaginar y de escribir.

Para mí, lo esencial para escribir con soltura y autenticidad empieza por algo muy básico, pero que lo sostiene todo: leer muchísimo. Leer de manera constante te educa el oído, te afina la mirada y te recuerda, una y otra vez, qué funciona y qué no… incluso cuando no eres consciente de ello. Es como entrenar un músculo: cuanto más lees, más natural te sale después escribir con un ritmo propio.

A partir de ahí, también creo que ayuda mucho conocerse a una misma y construir un pequeño ritual que te ponga en el estado mental adecuado. En mi caso, por ejemplo, escribo directamente en la maqueta con las dimensiones reales que quiero para la novela. Puede parecer una tontería, pero a mí me ordena la cabeza: me gusta ir viendo lo que tengo entre manos, cómo respira el texto, y sí… lo reconozco con humor, tengo una especie de obsesión sana con el número de páginas y necesito esa referencia para sentir que voy construyendo algo tangible.

Y luego están los elementos que para mí son casi ancla emocional. Escribo siempre con una vela encendida al lado, porque la llama me calma, me centra, me baja el ruido mental. Y también necesito música de fondo, porque conecto muchísimo con las historias a través de lo musical: la música me marca el pulso, el tono, y muchas veces me ayuda a entrar en la escena con más verdad.

En resumen: leer, escribir desde la constancia y crear un entorno que te ponga en “modo escritura”. Porque cuando tú estás en calma y en sintonía, el texto también sale más limpio, más suelto… y, sobre todo, más auténtico.

Antes de responder, sí me gusta hacer una pequeña aclaración porque para mí es importante: Crónicas de la Corte: La Guardia Arcana la firmo como Lyra Blackthorn, que es mi seudónimo. Lyra es, digamos, mi parte más libre: el lugar donde me permito cantar en verso, escribir fantasía y moverme sin las reglas —o las expectativas— que a veces acompañan a la novela negra cuando va bajo mi nombre. Por eso separo ambos caminos: María Mateos para la novela negra, y Lyra Blackthorn para la fantasía y lo más lírico.

Dicho esto, la propuesta narrativa de Crónicas de la Corte: La Guardia Arcana es, para mí, un estreno con todas las letras en el terreno de la fantasía oscura, pero con un ingrediente muy personal: quiero fusionar la fantasía con lo jurídico, con los elementos más propios de mi profesión. Es como construir un “mundo jurídico mágico”, donde existen normas, jerarquías, conflictos de poder y tensiones institucionales… pero atravesadas por lo simbólico, lo oscuro y lo fantástico.

Y creo que eso es lo que la hace especial: no es solo un universo de magia por la magia, sino un universo con estructura, con sistema, con consecuencias. Me interesa mucho explorar qué ocurre cuando lo sobrenatural no está al margen, sino que tiene reglas, órganos, peso institucional… y, por supuesto, grietas. Porque donde hay leyes, también hay trampas; y donde hay poder, siempre hay alguien que intenta doblarlo.

Además, es una obra que está en proceso y, sinceramente, me está sorprendiendo a mí misma. Partí con una idea muy concreta y, a medida que la historia ha ido creciendo, ha terminado convirtiéndose en algo completamente distinto, mucho más ambicioso y más vivo de lo que imaginaba al principio. Y esa sensación —la de descubrir el mundo a la vez que lo escribes— es de las cosas más bonitas que me está regalando este proyecto.

Son tres historias muy distintas entre sí, y cada una representa una etapa diferente de mi vida como escritora.

Esta novela nace, en parte, de un momento muy delicado a nivel personal. En septiembre de 2024 atravesé una depresión fuerte, con ansiedad e insomnio, y empecé a escribir microrrelatos de terror como una forma de canalizar y “bajar” el ruido mental. En una de esas noches, mientras escribía La orquesta de los condenados, sonó Enemy (Sam Tinnesz & Tommee Profitt) y, de forma casi inexplicable, apareció en mi cabeza un personaje con una claridad absoluta: Aeris Harper. A partir de ahí, entendí que aquellos relatos necesitaban otro sentido, y siempre digo lo mismo: los relatos no se escribieron para la novela; la novela se escribió para los relatos.

En lo narrativo, Los crímenes de Erebos Nyght sigue a Aeris Harper, juez de instrucción, enfrentado a un asesino despiadado que reproduce de forma perturbadoramente precisa los relatos firmados por “Erebos Nyght”, una autora que escribe para combatir su propia ansiedad. Junto a Estefanía “Nya” Palacios, se embarca en una caza donde la literatura deja de ser refugio y se convierte en escena del crimen.

Es mi última novela negra y, probablemente, la más íntima en lo emocional. El protagonista es Iker Santamaría, un inspector de homicidios que ve donde otros no ven, precisamente porque su forma de procesar el mundo es distinta. Tiene una mirada “otra”, más lineal, más sensorial, más precisa… y eso lo vuelve brillante, pero también lo coloca muchas veces en tierra de nadie. Iker persigue a un asesino apodado “El Artista”, que comete crímenes con una firma inconfundible: convierte a cada víctima en un sepulcro de resina con apariencia de cristal.

Esta historia es especial para mí porque Iker está inspirado en mi marido, que es neurodivergente, y la novela funciona también como un mensaje de empatía. A veces existe el prejuicio de que las personas neurodivergentes “no sienten”, y mi experiencia es justo la contraria: sienten muchísimo, pero de otra manera, con otros códigos, con otros estímulos. Siempre lo explico con una comparación sencilla: es como si el mundo funcionara con un sistema operativo y ellos trabajaran con otro; no es peor, ni mejor, solo distinto… y profundamente valioso.

Esta obra tiene su propia historia, y aquí prefiero ser honesta y humilde: es una novela que hoy miro con cierta distancia crítica. La escribí en una etapa en la que yo no estaba bien, y al releerla con la cabeza más asentada he detectado fallos de coherencia y cosas que ahora sé que puedo hacer mucho mejor. Por eso mi intención es reeditarla: no para “borrarla”, sino para darle al público lo que yo siento que es la verdadera esencia de esa historia cuando está bien construida y cuidada.

A día de hoy, puedo decir que La orden de Luna es un proyecto al que le debo respeto… y precisamente por eso quiero volver a él cuando esté lista para entregarlo como merece.

(Y si a alguien que lea esto le resuena lo de atravesar una etapa oscura: de verdad, pedid ayuda. En España existe la línea 024 de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible 24/7.)

Lo más estimulante, sin duda, es que la abogacía te obliga a mirar de frente algo que a veces preferimos no ver: la conducta humana cuando está bajo presión. En un despacho no te llega la versión bonita de la vida; te llega lo que duele, lo que estalla, lo que se rompe. Y eso, para mí, es un aprendizaje constante. Hay casos en los que necesitas sacar una humanidad enorme para comprender, para acompañar, para sostener a alguien que está en el peor momento de su vida. Y hay otros en los que, precisamente, tienes que saber poner límites a esa humanidad, porque si te lo llevas todo a casa, si te lo metes dentro sin filtro, acabas quebrándote o reaccionando desde un lugar que no te corresponde.

Y lo más exigente va muy unido a eso: mantener la calma y la profesionalidad siempre por delante, incluso cuando por dentro estás en conflicto. A veces te toca llevar asuntos en los que el papel que te corresponde no es “cómodo” ni socialmente bien visto. Y ahí hay una realidad que desde fuera no siempre se entiende: en derecho, muchas veces no eliges que el mundo sea justo; eliges que el proceso sea garantista. Hay situaciones en las que te “toca” defender a alguien que la gente señala como el malo —un acusado de algo muy grave, un presunto agresor, alguien que despierta rechazo inmediato— y es duro, porque sabes que te van a juzgar a ti también, como si defender fuera justificar.

Y no. Defender no es celebrar lo que alguien haya hecho; es asegurar que, pase lo que pase, la ley se cumpla, que el procedimiento sea correcto, que las garantías existan y que la justicia no se convierta en una venganza sin control. Lo más difícil, muchas veces, es sostener esa línea cuando tus principios se remueven por dentro. Porque puede ocurrir —y ocurre— que tú estés llevando un caso con la misma rabia o repulsión que quien te critica desde fuera… solo que tú no puedes permitirte actuar desde el impulso. Tu trabajo es mantenerte firme, fría cuando toca, humana cuando toca, y profesional siempre. Y eso, aunque no se vea, desgasta mucho.

Desde mi perspectiva, el panorama judicial actual está atravesando una etapa muy tensionada. Intentaré decirlo de forma constructiva, pero también honesta: hay una sensación de desbordamiento que se percibe en muchos juzgados. Falta personal, faltan medios, falta tiempo… y cuando el sistema va al límite, lo primero que se resiente es lo más básico: los plazos, la agilidad y, a veces, la propia tranquilidad con la que se debería poder trabajar.

El gran desafío, para mí, es doble.

Por un lado, el reto estructural: mejorar recursos, organización y funcionamiento para reducir retrasos y evitar que procedimientos importantes se eternicen. La Justicia no puede depender de heroicidades diarias de quienes la sostienen; necesita estabilidad, inversión y herramientas reales para que la respuesta sea razonable y a tiempo.

Y, por otro lado, el reto humano y profesional: en este oficio se pelea muchas veces contra gigantes. No es un secreto que, a ojos de la gente, el “brillo” de un gran despacho o un macro bufete puede pesar más que el trabajo constante y silencioso de un despacho pequeño que se deja la piel caso a caso. Y eso, en la práctica, se traduce en desigualdad de armas y en una percepción injusta de quién “vale” más por el tamaño y no por el trabajo.

A todo eso se suma algo que me duele especialmente: el respeto. Los abogados somos parte esencial del sistema; sin defensa no hay proceso justo, y sin defensa no hay verdadera Justicia. Sin embargo, muchas veces se nos trata como si estuviéramos estorbando, como si fuéramos un trámite incómodo, o se nos reduce a un estereotipo que no refleja lo que hay detrás: horas, responsabilidad, desgaste emocional y una exigencia enorme de profesionalidad. Y eso, claro, pasa factura.

En resumen: el desafío es sostener la dignidad del sistema —con medios y con plazos razonables— y también dignificar el papel de quienes lo hacemos posible cada día, desde dentro y desde fuera del juzgado. Porque si algo necesita la Justicia para funcionar mejor no es solo reformas técnicas: es también respeto por las personas que la sostienen.

Para mí, la auto publicación es una vía completamente legítima y, bien trabajada, muy potente. Yo soy autopublicada y, en mi caso, tiene mucho sentido porque me permite algo que valoro muchísimo: mantener el control creativo de la obra. Desde el texto hasta el tono, pasando por decisiones que parecen pequeñas pero que marcan la identidad de una historia, la auto publicación te da libertad para contar lo que quieres contar sin que nadie te “recorte” por encajar en una tendencia o por volverlo más comercial.

Creo que ahí está una de sus grandes virtudes: el autor autopublicado puede ser más fiel a su propuesta, incluso cuando esa propuesta es distinta o no entra en lo que se considera “fácil de vender”. Muchas veces no se escribe pensando en lo que supuestamente “funciona” en el mercado, sino en lo que la historia necesita y en lo que el autor quiere expresar de verdad.

Y luego hay otro punto muy importante que a veces se olvida: la promoción, en gran parte, recae siempre en el autor. Incluso cuando publicas con editorial, al final quien da la cara, quien mueve la obra, quien construye comunidad y sostiene el proyecto… suele ser el propio escritor. Entonces, si esa carga va a estar igual, la auto publicación tiene una ventaja clara: te permite moverte con más libertad, tomar decisiones rápido, ajustar estrategias, cuidar tu marca y tu obra a tu manera.

En resumen, yo lo veo como una puerta que ha democratizado el acceso a publicar, sí, pero sobre todo como un camino que exige responsabilidad y trabajo… y que, a cambio, te permite algo muy valioso: que la historia siga siendo tuya de principio a fin.

De cara al futuro, mis planes son bastante sencillos, pero para mí tienen muchísimo valor: seguir ejerciendo en mi despacho, que es pequeño pero muy mío, y donde trabajo con una forma de entender la abogacía que me representa. Quiero mantener esa esencia: la cercanía, la constancia, el trato humano y la sensación de que, aunque el mundo vaya deprisa, aquí las cosas se hacen con cabeza y con verdad.

Y, por supuesto, seguir escribiendo. Hoy la escritura no es algo secundario en mi vida: es parte de mi equilibrio, de mi identidad y de mi manera de transformar lo que vivo y lo que observo. Quiero seguir creciendo como autora, seguir explorando historias y seguir construyendo esos mundos que me permiten conectar con los demás desde un lugar muy honesto.

Y en el centro de todo, está mi familia. Cuidarla, estar presente y proteger ese núcleo es lo que sostiene el resto. Mi pequeña es autista y, además de ser mi motor, es una fuente de inspiración enorme. Me enseña todos los días otra forma de mirar el mundo, otra sensibilidad, otra lógica… y me recuerda constantemente qué es lo importante: la paciencia, la empatía, el amor y la capacidad de aprender de lo diferente sin miedo. Esa es, en realidad, la brújula que quiero seguir.

Quien quiera seguir mi trabajo puede hacerlo en varios espacios, según el perfil que le interese.

Como abogada, estoy en Instagram en @mateosselmaabogados, y también comparto contenido en mi blog: http://mariamateosselma.wordpress.com

Y como escritora, pueden encontrarme en mis perfiles @mariamateosescritora y @imlyrablackthorn. Además, también está @faro_detinta, que es un proyecto editorial que llevo como actividad secundaria y donde compartimos novedades, contenido y todo lo relacionado con ese lado más creativo y comunitario.

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