
Durante siglos, publicar un libro fue también conseguir que alguien creyera en él. Había que convencer a un editor, superar un proceso de selección y aceptar, para bien o para mal, el criterio de quienes decidían qué manuscritos llegaban a las librerías. La aparición de la autopublicación digital, y especialmente el desarrollo de plataformas como Amazon Kindle Direct Publishing, cambió radicalmente las reglas del juego. Hoy cualquier autor puede poner un libro a disposición de lectores de todo el mundo sin necesidad de atravesar las puertas de una editorial tradicional.
Es difícil no considerar esto una democratización. Se acabó, al menos en parte, aquello de que un manuscrito necesitaba el permiso de un editor para convertirse en libro. Autores que quizá nunca hubieran encontrado una oportunidad editorial pueden publicar, encontrar lectores y construir una carrera literaria. La tecnología ha eliminado muchas barreras y ha permitido que la decisión de publicar esté también en manos del propio escritor.
Pero toda democratización tiene sus efectos secundarios. El problema principal aparece cuando confundimos la posibilidad de publicar con la publicación de un buen libro. Que cualquiera pueda colocar una obra en un escaparate no significa que cualquiera haya aprendido a escribir, corregir, editar, maquetar o diseñar una cubierta. Y aquí aparece una paradoja que empieza a perjudicar a la propia autopublicación: cuantos más títulos llegan al mercado sin un filtro editorial previo, más difícil resulta para el lector distinguir entre una obra cuidadosamente trabajada y otra publicada con prisas.
No se trata de decir que los libros autopublicados sean malos. Sería tan injusto como absurdo. Hay autores independientes que realizan un trabajo extraordinario y libros autopublicados que pueden competir perfectamente con cualquier novedad editorial. El problema es que el lector no siempre puede saberlo antes de comprar.
La ausencia de filtro tiene, por tanto, una consecuencia colectiva. Un lector que se encuentra varias veces con erratas, textos mal corregidos, traducciones deficientes, maquetaciones descuidadas o historias que parecen necesitar todavía una revisión puede terminar asociando esos defectos con la etiqueta «autopublicado». Y esa generalización acaba afectando también a quienes han hecho las cosas bien.
Amazon, de hecho, reconoce la importancia del problema y mantiene unas pautas específicas de calidad para KDP, que contemplan desde errores tipográficos y problemas de formato hasta contenidos incompletos, traducciones deficientes o experiencias de lectura insatisfactorias.
A este escenario se ha añadido otro fenómeno: la inteligencia artificial. Amazon distingue actualmente entre contenido generado mediante IA y contenido simplemente asistido por estas herramientas, y exige declarar el primero al publicar en KDP.
La cuestión no es que la IA exista. Tampoco que un escritor la utilice como herramienta de apoyo. El verdadero problema aparece cuando la facilidad para generar textos se combina con un modelo de publicación basado en la velocidad. Si un autor puede producir y poner a la venta libros a un ritmo difícilmente compatible con los tiempos normales de escritura, corrección y edición, el lector puede empezar a preguntarse cuánto trabajo humano hay detrás de aquello que está comprando.
Y ahí volvemos al principio: publicar nunca ha sido lo mismo que editar.
La gran revolución de Amazon fue conseguir que publicar dejara de ser un privilegio reservado a quienes conseguían el visto bueno de una editorial. El siguiente paso debería ser conseguir que esa libertad no termine convirtiéndose en una sospecha generalizada sobre todo lo que lleva la etiqueta de autopublicado.
La solución no pasa por recuperar las antiguas barreras ni por establecer quién tiene derecho a publicar. Pasa por algo mucho más sencillo: que los propios autores entiendan que autopublicarse significa asumir también responsabilidades editoriales. Escribir, corregir, revisar, documentarse, cuidar una portada, trabajar una maquetación y, sobre todo, saber cuándo un libro está realmente terminado.
Porque la autopublicación democratizó el acceso a publicar. Ahora necesita demostrar que democratizar no significa rebajar la calidad.
