El Premio Planeta necesita recuperar el prestigio perdido

Javier Fornell
Javier Fornell

Hay premios literarios que terminan devorándose a sí mismos. Construyen durante décadas una reputación, consiguen que los lectores miren hacia ellos cada otoño y convierten una noche de octubre en una cita ineludible para el mundo editorial. Pero llega un momento en que la maquinaria empieza a pesar más que la literatura, el ruido sustituye a la conversación y la pregunta ya no es qué novela ha ganado, sino qué operación editorial se esconde detrás del fallo. Me temo que el Premio Planeta lleva tiempo caminando por esa peligrosa frontera.

No es una cuestión de que una novela venda más o menos, ni de discutir si un autor merece el reconocimiento que recibe. La literatura es demasiado subjetiva para establecer una jerarquía incontestable de méritos. El problema aparece cuando un galardón que aspira a representar lo mejor de la narrativa comercial en español comienza a generar más suspicacias que entusiasmo. Y eso es lo que sucede cuando las últimas ediciones dejan una sensación de desgaste, cuando el debate público se concentra en las circunstancias del premio y no en la obra distinguida. El Planeta necesita un ganador de prestigio. No necesariamente un Nobel, un académico venerable o un escritor consagrado por la crítica. Necesita un nombre cuya trayectoria literaria permita que el premio vuelva a hablar por sí mismo. Alguien cuya elección no parezca una maniobra de mercado, una apuesta de catálogo o el siguiente movimiento de una estrategia comercial previamente diseñada. Porque esa es la sospecha que amenaza al certamen: que el ganador no sea únicamente el resultado de un concurso, sino también una decisión editorial tomada de antemano, de acuerdo con los intereses de la casa. No hace falta afirmar que conocemos las deliberaciones internas del jurado para reconocer que la percepción pública importa. Y cuando demasiados lectores empiezan a interpretar el fallo como una operación comercial, la credibilidad del premio queda comprometida, aunque no exista una prueba concluyente de que el resultado estuviera decidido antes de la deliberación.

El caso de Carmen Mola resulta especialmente ilustrativo para entender esta confusión entre premio y estrategia editorial. Tras ganar el Planeta en 2021 con La Bestia, el colectivo formado por Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero quedó vinculado al universo editorial de Planeta en un movimiento que se presentó como un importante fichaje. La revelación de que detrás del seudónimo había tres guionistas, y no la autora individual que muchos lectores imaginaban, provocó una enorme conversación pública. La operación fue un éxito de repercusión y ventas, pero también puso sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el premio reconoce una novela y hasta qué punto sirve para incorporar una marca literaria de gran potencial comercial?

Conviene ser precisos: aquel episodio no demuestra por sí solo que el fallo estuviera decidido de antemano. Sí evidencia, sin embargo, hasta qué punto el premio, la promoción y los intereses editoriales pueden terminar mezclándose en la percepción de los lectores. Y esa mezcla no beneficia necesariamente a la literatura. Una editorial tiene todo el derecho del mundo a buscar autores, fichar talentos, construir colecciones y planificar su catálogo. Es su negocio. También tiene derecho a invertir en novelas con posibilidades de convertirse en éxitos de ventas. Lo que no debería perderse de vista es que un premio literario necesita algo más que una estrategia eficaz: necesita una credibilidad que no pueda comprarse con una campaña publicitaria.

El problema de los premios vinculados a grandes grupos editoriales es que viven en un equilibrio delicado. Deben ser rentables, porque de lo contrario difícilmente podrían mantener sus dotaciones y su estructura; pero, al mismo tiempo, necesitan conservar una independencia percibida que justifique su autoridad cultural. Cuando el lector sospecha que el premio es, ante todo, una herramienta para colocar un título en el mercado, el galardón pierde parte de su razón de ser. Y el Planeta no es un premio cualquiera. Su dotación económica, su repercusión mediática y su capacidad para colocar una novela en millones de conversaciones lo convierten en una referencia de la industria editorial española. Precisamente por eso, sus responsables deberían ser los primeros interesados en protegerlo de cualquier sospecha que pueda erosionar su imagen.

No se trata de pedir que gane siempre el escritor más experimental, el más arriesgado o el que mejor recepción tenga entre los críticos. El Planeta ha sido, desde su nacimiento, un premio orientado también al gran público. No hay nada ilegítimo en ello. Una novela popular puede ser magnífica, y vender cientos de miles de ejemplares no constituye pecado literario alguno. El verdadero problema surge cuando la expectativa comercial parece imponerse a cualquier otra consideración y el premio deja de funcionar como una sorpresa literaria para convertirse en un acontecimiento cuya lógica parece haberse establecido antes de abrir el sobre.

Por eso, después de las polémicas y del desgaste que han acompañado a las últimas ediciones, el certamen necesita recuperar la confianza de los lectores. Y esa recuperación no se conseguirá aumentando la dotación económica, contratando más publicidad o anunciando con mayor despliegue el nombre del ganador. Se conseguirá con una elección que genere respeto, con una novela que sostenga el debate por sus propios méritos y con una trayectoria que permita hablar de literatura antes que de marketing.

El prestigio no se decreta. Tampoco se compra. Se construye con el tiempo y puede perderse mucho más deprisa de lo que se ha ganado. El Premio Planeta tiene una historia demasiado importante como para conformarse con ser una formidable operación de promoción editorial. Necesita demostrar que sigue siendo capaz de sorprender, de reconocer una obra con verdadera capacidad de permanencia y de convencer incluso a quienes observan el certamen con escepticismo. Porque, al final, los lectores pueden aceptar que una editorial quiera vender libros. Lo que difícilmente aceptarán durante mucho tiempo es que un premio literario parezca existir únicamente para eso.

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