Nunca he participado en un concurso literario

Javier Fornell
Javier Fornell

Nunca he participado en un concurso literario. Y no lo digo como quien presume de una rareza, sino como quien constata una circunstancia que, con el paso de los años, se ha convertido casi en una parte de mi manera de entender la literatura. He escrito novelas, relatos, artículos e historiografía pura. He publicado libros y he presentado algunos de ellos ante lectores que, al fin y al cabo, son el verdadero tribunal al que siempre he querido enfrentarme. Sin embargo, nunca he sentido la necesidad de enviar un manuscrito a un concurso esperando que un jurado decidiera si mi historia merecía ganar.

No tengo nada contra los premios. Al contrario. Sé lo importantes que pueden ser para un escritor, especialmente cuando está empezando. Un premio puede abrirte puertas, proporcionar visibilidad, facilitar la publicación de una obra y, sobre todo, ofrecer algo que a veces escasea en este oficio: confianza. Para muchos autores, recibir el reconocimiento de un jurado puede convertirse en el empujón necesario para continuar escribiendo. Y, para otros, un refrendo económico.

Pero mi problema, si es que puede llamarse así, es otro. Quizá siempre he tenido una relación demasiado personal con lo que escribo, o quizá nunca he creído que un jurado llegase a elegir mi obra como la , mejor. Falsa humildad o mi complejo de ser humo. Lo que sí sé es que, cuando termino una novela, siento que he dejado dentro de ella demasiadas horas, demasiadas dudas y demasiadas obsesiones como para convertirla inmediatamente en una carrera. No sé si quiero que mi historia sea mejor que la de otro escritor. Quiero, sencillamente, que sea la historia que yo quería contar.

También existe otra cuestión. Los concursos tienen unas reglas, unos plazos, unas categorías y, necesariamente, unos criterios de valoración. Todo eso es perfectamente legítimo. Pero la literatura, al menos como yo la entiendo, no siempre funciona con reglas. Hay novelas que quizá no ganarían un concurso y que, sin embargo, pueden acompañar a un lector durante toda su vida. Y hay libros premiados que, pasado el tiempo, apenas recordamos.

Por eso nunca he escrito pensando en un jurado. He escrito pensando en los personajes, en la historia, en el lector desconocido que algún día abrirá el libro y decidirá si continúa leyendo. Y, sobre todo, he escrito pensando en mi mismo. Esa incertidumbre me interesa mucho más que una puntuación. Eso no significa que descarte participar algún día. Nunca conviene decir nunca, y mucho menos cuando hablamos de literatura. Quizá aparezca una convocatoria cuya temática me resulte especialmente atractiva. Quizá escriba algo que nazca pensando precisamente en ese formato. O quizá, sencillamente, cambie de opinión.

Después de todo, también he aprendido que escribir consiste, en buena medida, en contradecirse. De momento, sigo prefiriendo otro tipo de premio: terminar un libro y saber que he conseguido contar exactamente aquello que quería contar. Después vendrá el lector, con su propia sentencia. Y esa, aunque no lleve diploma ni aparezca en una fotografía junto a un jurado, siempre me ha parecido la más importante.

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