Almudena Fuentes Puntas

¿Cómo te describirías?
Como una lectora acérrima. Aunque escriba. Como alguien que lee por puro placer, por pura, mejor dicho, necesidad. Como si en los libros estuviera el oxígeno, la comida. Alguien para quien la lectura es siempre un fin y nunca un medio para la escritura. Porque sí, hay que haber leído mucho para escribir, pero se puede muy bien vivir (yo puedo) sin escribir una línea, pero nunca, jamás, sin haber leído, sin haberse metido por los ojos un puñado de libros buenos. No sé qué habría sido de mí si, cuando llegué al mundo, no hubiesen estado ahí todas esas páginas esperándome. Habría puesto una reclamación en algún sitio. No habría entendido de qué iba todo esto. Vivir me habría parecido una broma de mal gusto.
Tu trayectoria académica en Psicología es brillante: obtuviste el Premio Nacional de Fin de Carrera —mejor expediente académico de Andalucía y segundo mejor de España— y más tarde te especializaste en Psicología Clínica con la calificación de Excelente. ¿En qué medida esa mirada científica influye en tu escritura?
Creo que mucho. Al final somos una suma de todo lo que hemos hecho en la vida. Y una suma, además, que permite integrar factores supuestamente opuestos, refractarios a situarse como sumandos, uno debajo de otro, en esa operación que resume lo que somos en cada momento de nuestra existencia. Yo no entiendo, por ejemplo, las letras sin las ciencias. No sé leer un libro de Fisiología sin sentir el espasmo estético, poético. Ni escribir sin aludir a la Física o a la Anatomía. La Psicología es, además, una ciencia humana, lo que la emparenta directamente con la Literatura. Al final una y otra se hacen las mismas preguntas, buscan meter la mano dentro de ese misterio llamado ser humano para hallar respuestas. No lo consiguen, claro, es imposible, pero la belleza reside simplemente en ese gesto, en meter la mano, los ojos para ver qué hay dentro.
Has estudiado a fondo la obra de David Foster Wallace y de Jonathan Franzen en el Máster que realizaste de Estudios Lingüísticos, Literarios y Culturales en la Universidad de Sevilla. ¿Qué te atrae de la no ficción contemporánea y de estos autores en particular?
Me interesa, sobre todo, el análisis que hacen del mundo moderno, del impacto de la tecnología, de cómo el progreso va desgastando, como el mar la roca, de a poquito, y sin que nos demos cuenta, nuestra humanidad más profunda. Me parece vital hacer lo que ellos hacen, que es pararse y mirar ahí fuera. Pararse y mirar ahí dentro. Para ver qué ha pasado, por qué nos prometían fuegos artificiales en el cielo del espíritu y sólo hay polvo, cenizas.
Foster Wallace es una máquina de hacer preguntas, de analizar cosas, un prestidigitador que está todo el rato sacando cosas de la chistera de su literatura. Me fascina. Lo mismo se pregunta qué nos ofrece exactamente la televisión como si pueden experimentar dolor las langostas. Tiene un ensayo sobre la Feria Estatal de Illinois que es un tratado filosófico en sí mismo.
En el caso de Franzen, su defensa del medio ambiente, su amor a los pájaros.
Y las reflexiones de ambos sobre el tipo de literatura al que hay que aspirar y los libros que han leído y cómo han impactado en ellos. Y sobre lo que nos hace estrictamente humanos.
Yo me centré, para mi Trabajo de Fin de Máster, en sus obras de no ficción, pero te vas a sus novelas y es lo mismo. Las adicciones, la soledad, la necesidad de perdón y reconocimiento. En un mundo, para colmo, que ha perdido el oremus y va a la deriva.
¿Qué obras recomendarías a quienes buscan escribir mejor?
Recomendaría en general leer mucho, muchísimo, y «de todo», como decía al principio, y al margen de si se quiere escribir (mejor) o no. Pero si me pides un pequeño listado de libros que considero imprescindibles en la formación de un escritor, te diría que yo no me atrevería a coger el pincel del bolígrafo sin haberme metido en el cuerpo obras como el Quijote, Una historia de amor y oscuridad, La perla, El gran cuaderno, Pureza, El atlas, Los Pazos de Ulloa, todo Ortega y Gasset, todo Galdós, todo Umbral, todo Foster Wallace, todo Lobo Antunes, todo Kundera, todo Vonnegut, todo García Lorca, todo Bloom, todo Markson, todo Dostoievski, todo Shakespeare. Los poemas de Salinas, de Machado, de Juan Ramón Jiménez, de Miguel Hernández, de Whitman. Los Cuadernos de Cioran, los Diarios de Pizarnik, y de Anaïs Nin, y de Katherine Mansfield. Los ensayos de Freud, los diarios y cartas de Kafka, Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, los siete libros (ni uno menos) de En busca del tiempo perdido, Crónicas de motel, Rayuela y Las armas secretas, Los miserables, Libro del desasosiego, Casi tan salvaje, los cuentos de Cheever, y de Chéjov, y de Galeano, y de Berlin, y de Monzó, y de Mircea Cărtărescu. Mucho de O´Brien y todo, absolutamente todo, de O´Connor (Flannery). Diez de diciembre, Las uvas de la ira, Fahrenheit 451, Las ciudades invisibles, Música para corazones incendiados, el teatro (completo) de Arthur Miller y de Samuel Beckett, El manantial y La rebelión de Atlas, Los niños tontos, Una pena en observación, Perú, Middelsex, Prosas apátridas, Rostros en el agua, La contravida, Momentos estelares de la humanidad, los poemas y relatos de Bukowski, los diarios y ensayos de Susan Sontag, Los héroes inútiles, los libros de John Berger. Mucha Rachel Cusk, mucho Loriga (el de antes, el del principio), mucho Capote, mucha Lispector, mucha Didion, todo McCarthy y un buen puñado de DeLillos, y Pynchons, y Frischs, y Bernhards, y Coetzees. A Carver, a Vann, a Chandler, a Banville, a Dickens, a Twain, a Bellow, a Molière, a Szymborska. Algo de Hansum, de Söderberg, de Tokarzuk, de Walser, de McCullers, de Handke. Gran parte de la obra de Delibes y de Borges, y de Houellebecq, y de Herbert. Todo Sacks y todo Levi.
Y eso sólo para empezar, para calentar muñeca. Luego habría que seguir. Con muchos más. Con muchísimos. Lo único que tengo claro es que, sin leer, la escritura de cualquier autor adolece de una suerte de sarcopenia severa. Que la única manera de escribir algo decente es haber entrenado durante décadas el músculo estético a través de la lectura de las grandes obras.

En guerra con la piel es tu primera novela, en ella haces un homenaje a doce escritores que eligieron la verdad antes que la máscara. Un canto a la literatura como legado íntimo, donde cada autor se expone y nos entrega algo auténtico, lejos de los espejos complacientes. ¿Qué te llevó a elegir precisamente a esos doce escritores?
Pues fue sólo una selección, porque hay más. Digamos que son una especie de representantes de eso que acabas de decir, de ese grupo, mucho más amplio, de veristas de la literatura. Gente que escribe desde las tripas en lugar de desde la cabeza. Que escribe, como decía Bradbury, sudando tinta roja. Que es como hay que escribir. Porque es la única forma de llegar al lector. Cuando la escritura no es auténtica no consigue superar el paso a nivel de la piel del otro. Se queda ahí, en la aduana de las relaciones, retenida. Es un desperdicio de energía. Cuatrocientas páginas que no llegan a ninguna parte.
Tu próximo libro, Flores a los vivos, se trata de un poemario. ¿Qué puedes adelantarnos sobre esta nueva obra?
Pues, con cambios en la forma, en la apariencia, en eso que llaman género (y en lo que yo no creo), es más de lo mismo. De nuevo un canto a la literatura, una forma de celebrar el acto milagroso de poder ponerse un libro en las manos, de dar las gracias a todos esos autores que han llenado mi vida de sentido. Con lo que escribo siempre pretendo lo mismo, decirle a la gente: «Ey, esto existe, échale un ojo, échale tu vida entera». Porque siento que son invisibles de alguna forma, esos autores, que no son vistos, reconocidos como es debido. Y siento el equivalente a no ver y no reconocer, que es la pobreza, la pérdida de oportunidades no ya intelectuales, sino afectivas. Como decía Twain, «la persona que no lee no tiene ventaja alguna sobre la persona que no sabe leer». O más bellamente Xuan Bello: «Los verdaderos analfabetos son los que aprendieron a leer y no leen». Me cuesta entender que estén todos esos libros ahí, en el mundo, al alcance de la mano, y que no se lean. Intento remediar eso, paliar esa torpeza, invalidarla. Es como tener ofertas de amor incondicional llamando a tu puerta y decir: «No, gracias, ahora no me apetece». Lo que no se ve no existe. Y yo quiero que exista. Y quiero que se celebre. Quiero que haya un día internacional del milagro. Escribo sólo por eso, para llenar la vida de la gente de síndromes de Stendhal.
Granada aparece en tu biografía como tu lugar de nacimiento y residencia. ¿Cómo influye la ciudad en tu proceso creativo?
En realidad, creo que en nada. Pienso que la única y verdadera patria de un escritor es su biblioteca. Sólo recibo ese influjo, sólo estoy sometida a los cambios meteorológicos de ese cielo hecho de celulosa. Sólo me afectan ese subtipo de sferics. Lo que hay más allá de la ventana es siempre el mismo mundo. El mismo ser humano. Da igual donde vivas.
Has sido reconocida en varios certámenes literarios. ¿Qué papel han tenido estos reconocimientos en tu evolución como autora?
La verdad es que ninguno. No creo en los premios ni los reconocimientos. El premio es leer. El reconocimiento, haber leído. Hay escritores maravillosos, verdaderos genios, que se han ido al otro barrio sin que nadie les pusiera una mirada de admiración encima. Y escritores muy mediocres (hoy día, la mayoría), con la chaqueta atiborrada de insignias. Prefiero estar en el grupo de los que no reciben premios, de los que se limitan a escribir, a pasearse por puro placer (sin ningún objetivo instrumental a la vista) por la avenida del folio.
¿Crees que la literatura tiene una función terapéutica?
Sí, por supuesto. Tanto para el que escribe como para el que lee. Tendrían que hacer estudios. Estoy convencida (lo digo en En guerra…) de que la lectura de determinados libros tiene un efecto antidepresivo mucho mayor (y más duradero en el tiempo) que la administración de escitalopram o de fluoxetina. Pero no se mide. Pero, si se midiera, no serviría, porque vivimos en la era de la inmediatez, de la facilidad crónica, y la pastilla será siempre más rápida que la lectura.
¿Qué opinas de la auto publicación?
Bueno, es una vía. La cuestión básica es siempre la distribución, garantizar que el libro pueda llegar a donde tiene que llegar, que son las manos de un lector hambriento. Garantizando esa buena distribución y una promoción adecuada, cualquier medio es bueno.
Aunque sí me gustaría añadir un matiz muy importante y es que uno no es quien debe decidir si su libro es bueno, si merece la pena publicarse. Es como decidir que uno puede, si le duele mucho el páncreas, abrir y echar un ojo y luego tirar de hilo y aguja caseros. A nadie se le ocurriría, pero hoy día cualquiera escribe, cualquiera, quiero decir, publica. Y no es la idea.
El problema es que creo, sinceramente, que tampoco las editoriales parecen estar en condiciones de decidir qué libros merecen salir ahí fuera. La mayoría priorizan criterios económicos y valoran aspectos extraliterarios como son el número de seguidores en redes del autor en cuestión o el grado en que la gente en general demanda ese tipo de literatura. Publicar lo que la gente compra en vez de lo que es bueno, en una perversión imperdonable del oficio.
O publicar, un libro tras otro, a un autor consagrado que no necesariamente escribe siempre libros buenos, sólo porque el nombre vende, porque el negocio está garantizado de antemano.
Creo que igual que los médicos deben someterse, en su labor asistencial, a los preceptos de Hipócrates para garantizar, entre otras cosas, la no maleficencia, los editores deberían hacer algo parecido y recordar las enseñanzas de Cayo Mecenas.
Primum non nocere. Y publicar libros que no tienen la calidad necesaria, sustituirlos por libros que simplemente venden, que simplemente se consumen, hace daño a esos pacientes llamados lectores.
¿Cuáles son tus proyectos futuros?
Básicamente, seguir disfrutando de la lectura y seguir dando a conocer, en cada cosa que escribo, eso que amo. En prosa o poesía; en teatro si hace falta. Pero seguir presentando en sociedad a esos autores, mantenerlos vivos.
¿Dónde podemos encontrarte en redes sociales?
En Facebook: Lucía Guerrero
En Instagram: @luc_guerrero_

Maravillosa obra «En guerra con la piel». Deseando leer «Flores a los vivos». Suerte que tenemos los lectores de encontrar autores tan comprometidos, capaces de arriesgar en cada línea, sin miedo ni vértigo. Un auténtico placer haber leído a esta brillante escritora. 📚💙
Auténtica, genuina, valiente.
A uno le gustaría sentirse libro para que lo amaran así y encima recibiendo flores, donde cada pétalo debe ser un poema sabio, porque solo así se alcanza la sabiduría: LEYENDO.
Deseando tener entre mis manos estás «Flores a los vivos» para olerlas, para regarlas con mis pupilas.
Yo ando sentado aquí, en cualquiera de esas avenidas del folio, esperando que pases, desnuda, como en esta entrevista donde la libertad te empuja a un vacío que desgraciadamente no sabemos que es la plenitud.
Gracias Almudena por preguntar… Gracias Lucía por contestar.