Entrevista al escritor Michael Perrier

Michael Perrier es un escritor francés afincado en la Costa del Sol cuya obra Cicatrices silenciosas narra su historia real de abuso, acoso y supervivencia. Convirtiendo el dolor en activismo, hoy comparte su testimonio para concienciar sobre el bullying y la importancia de romper el silencio.

Definirse a uno mismo nunca es fácil, sobre todo, cuando has tenido que reconstruirte tantas veces. Diría que soy una persona profundamente sensible, de las que sienten demasiado en un mundo que muchas veces no sabe qué hacer con eso. Siempre fui a contracorriente, no porque quisiera, sino porque nunca supe ser de otra manera. Durante años busqué mi lugar, intenté encajar, entender qué hacía mal hasta que comprendí algo muy simple y duro, no había nada mal en mí. El problema era intentar ser quien no era. Soy un superviviente, no de un momento, sino de muchas etapas que podrían haberme roto para siempre. Y, aun así, sigo aquí. Con un amor inmenso por los animales, que muchas veces me dieron la paz que no encontraba en las personas, y con una fe que, cuando todo se caía, fue lo único que nunca me soltó. Hoy no soy alguien que encaja. Soy alguien que decidió ser. Y eso… lo cambió todo.

Mi formación no sigue un camino tradicional, y creo que precisamente ahí está su valor. No vengo de grandes escuelas literarias ni de estudios académicos en escritura. Mi verdadera formación nació en la vida. Crecí escribiendo diarios. Durante años fueron mi único refugio, mi forma de entender lo que me estaba pasando cuando nadie me lo explicaba. Escribir no era un aprendizaje, era una necesidad. También me formé en el mundo de la imagen y la estética, como maquillador. Ese universo me enseñó algo muy importante: a observar, a leer emociones, a ver más allá de lo que las personas muestran. Y eso, sin darme cuenta, terminó influyendo directamente en mi forma de escribir, pero, sobre todo, mi formación viene de haber vivido, de haber pasado por situaciones que no eliges, pero que te obligan a mirarte por dentro. Cicatrices Silenciosas no nace de la técnica. Nace de la verdad. Y cuando escribes desde ahí, todo lo demás se aprende por el camino.

Hay libros que no se leen, se quedan contigo. Los miserables de Víctor Hugo me acompaña siempre por su forma de hablar del dolor y la redención y sus maravillosos mensajes y personajes. Y un libro que se llama fragmentos de diarios de Marilyn Monroe, porque en ellos encontré algo muy importante, sentir que no estaba solo. Siempre me han marcado las historias reales, porque lo que nace de la verdad, llega mucho más lejos.

No creo que llegara a estar preparado, simplemente llegó un punto en el que ya no podía seguir huyendo. Estaba atravesando una depresión muy profunda. De esas en las que, aunque cueste decirlo, sientes que no vas a salir, y escribir fue mi única salida. No nació como un proyecto. Nació como una necesidad de sobrevivir, a medida que iba escribiendo, me enfrenté a cosas que llevaba años evitando, recuerdos, heridas, silencios, y en medio de todo eso entendí algo que tardé demasiado en aceptar, que yo no tuve la culpa, ese fue el verdadero inicio de todo. El momento en el que empecé a perdonarme, y, a partir de ahí, el libro dejó de ser solo mi historia, se convirtió en algo más grande, en una forma de decirle a otras personas que están pasando por lo mismo que yo pasé, que se puede salir, que el dolor no es el final, que el perdón hacia uno mismo puede salvarte.

La palabra clave es una, vergüenza, una vergüenza que no debería existir, pero que se instala dentro de ti hasta hacerte creer que lo que te pasó dice algo de quién eres, a eso se suma la sociedad en la que vivimos, una sociedad que muchas veces prefiere mirar hacia otro lado, no incomodarse, no profundizar en lo que duele, porque escuchar también implica responsabilizarse, y no todo el mundo está preparado para eso. Y luego está el miedo, miedo a no ser creído, miedo a no ser comprendido, miedo a ser rechazado, o, peor aún, a que te culpen. Por eso muchas víctimas callan, porque el silencio, aunque duela, a veces parece más seguro que exponerse, pero ese silencio no protege, el silencio destruye.

Sí, dos en particular. El primero, los abusos en la infancia, es algo que sigue doliendo incluso al ponerle palabras. No sé si algún día se supera del todo, creo que simplemente aprendes a convivir con ello. Y el segundo, la agresión y la injusticia que viví en 2015. Ese capítulo fue especialmente duro porque siento que ese día murió una parte de mí. No solo por la violencia en sí, sino por todo lo que vino después: la impotencia, la falta de justicia, el silencio. Durante años me callé, más de una década guardándolo todo dentro, al escribirlo, se mezclaron muchas cosas, dolor, tristeza, y también rabia. Una rabia que durante mucho tiempo no me permití sentir, pero que también forma parte del proceso de sanar.

La escritura fue todo, fue la forma de enfrentar mis miedos de frente, sin poder seguir huyendo, de leer mi historia una y otra vez hasta entenderla, porque cuando escribes, lo que te duele deja de estar solo dentro de ti, pasa al papel, deja de ser un silencio, y eso lo cambia todo. Por primera vez pude ver mis traumas desde fuera, darme cuenta de muchas cosas, entender patrones, incluso reconocer errores y decisiones que también formaron parte de mi camino. Escribir no solo me ayudó a soltar, me ayudó a comprenderme, y, en cierto modo, a reconstruirme.

Sin duda, las que más me han marcado han sido cuando algunos jóvenes se han acercado y me han enseñado sus cortes. En ese momento entiendes que no estás solo contando una historia, estás tocando algo muy profundo, muchos de ellos, al escucharme, se dan cuenta de que no están solos, y eso, aunque parezca pequeño, lo cambia todo.

Hay una frase que nunca voy a olvidar, una niña se acercó a mí y me dijo: “Pensaba que era un monstruo hasta que te conocí.”

Ese momento terminó en un abrazo, de esos que no se olvidan, de los que te atraviesan, y ahí entendí algo muy claro, que todo esto no es solo por mí, es por ellos, para que no tengan que pasar por lo mismo que yo pasé en silencio.

Para mí siempre han estado más conectados de lo que parece. El maquillaje y la moda fueron, durante mucho tiempo, mi forma de expresarme, pero también de protegerme y, en cierto modo, de rebelarme. A través de ellos aprendí a mirar, a interpretar emociones, a contar historias sin palabras, y, sin darme cuenta, todo eso terminó llevándome a la escritura. En algún momento cambié las brochas por letras, y transformé mis sombras en palabras, pero la esencia es la misma, comunicar, emocionar, hacer sentir. Hoy conviven perfectamente. Aunque, si soy sincero, hay algo que ha cobrado más fuerza en mi vida, la necesidad de ayudar a otros, porque al final, ya sea a través de una mirada, de una imagen o de un texto, todo lo que hago tiene un mismo propósito, llegar a quien lo necesita.

Fundamental, igual que la de los padres, ambos deben ir de la mano porque estamos educando a jóvenes en un mundo que va demasiado rápido, lleno de contradicciones, y muchas veces sin herramientas emocionales. Las instituciones tienen que dar ejemplo, ser transparentes e invertir más en ayuda psicológica y en educación emocional, pero la realidad es que muchas veces prefieren ocultarlo dentro de sus muros, como si así no existiera. Y no, el bullying siempre ha existido, pero eso no es excusa para mirar hacia otro lado. Convivir nunca ha sido fácil, somos diferentes, y eso genera conflicto, pero precisamente por eso hay que enseñar a gestionarlo, no esconderlo, y en casa pasa lo mismo. Los padres tienen una responsabilidad enorme, educar desde el respeto, desde la humildad, y, sobre todo, desde el ejemplo.

Siempre digo lo mismo después de contar mi historia, por favor, no cometáis los mismos errores que yo, callar solo alarga el sufrimiento, alarga la agonía, pedir ayuda a tiempo no es de cobardes, es todo lo contrario, es un acto de valentía, y puede salvar vidas. Hace falta mucho coraje para decir “no puedo más”, y dejar que alguien te escuche, porque a veces no hace falta una solución perfecta, solo alguien que esté ahí. Escuchar o ser escuchado puede marcar la diferencia entre hundirse, o empezar a salir.

Por mucho que la vida te golpe siempre hay una salida, se puede salir adelante. Enfrentarse a nuestros demonios no los hace desaparecer, pero sí podemos aprender a vivir con ellos. Las cicatrices y los traumas forman parte de nosotros, podemos aprender a vivir con ellos, a transformarlos, a convertir ese dolor en algo que no solo nos destruya, sino que, de alguna forma, nos dé fuerza, fuerza para seguir, para ayudar a otros, o simplemente para resistir en los días más difíciles, y, sobre todo, que no están solos.

Sí, y, sinceramente, estoy en un camino que jamás imaginé recorrer, pero no pienso parar. Cuando descubres que tu historia está ayudando a otras personas, eso te cambia, te da una fuerza que no se puede explicar. Estoy llevando el libro a colegios a través de charlas y ponencias, miro a los jóvenes a los ojos, escucho sus historias, sentir que algo conecta con ellos.

Estoy desarrollando dos proyectos muy especiales, uno enfocado en los jóvenes, para darles herramientas y acompañamiento, y otro para recordar a quienes sufren en silencio que no están solos. Voy poco a poco, pero con paso firme, abriendo camino, porque cuando entiendes que lo que haces puede marcar una diferencia ya no hay vuelta atrás.

Mi libro está disponible en Amazon, tanto en formato físico como digital, también se puede pedir en El Corte Inglés, FNAC y La Casa del Libro. Y a través de mi página web: www.librocicatricessilenciosas.com⁠, donde además lo envío dedicado personalmente. En redes sociales pueden encontrarme en Instagram como: @perriermichael Y @cicatrices_silenciosas. Libro.

Y en TikTok como: @cicatrices_silenciosas

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