Antes de que el libro exista

Javier Fornell
Javier Fornell

Hay un momento extraño en la vida de quien escribe que nadie te explica. No ocurre cuando empiezas el manuscrito, ni siquiera cuando lo terminas. Sucede justo antes de la publicación, cuando el libro aún no pertenece al mundo pero ya ha dejado de ser solo tuyo. Estoy ahí ahora mismo. Y es un momento raro ya que ni tan siquiera es un libro de nuevo cuño. En breve regresará a las librerías Llamadme Cabrón y lo hará con un versión renovada.

Durante años escribí en silencio, en un blog bajo seudónimo, una voz sin rostro. Nadie esperaba nada de mí. Podía equivocarme, borrar capítulos enteros, cambiar finales a las tres de la mañana sin dar explicaciones o, simplemente, seguir adelante sin pensar si realmente estaba bien escrito o no. El texto era mi refugio privado, un lugar secreto en el que podía soltar mis frustraciones, mis miedos o mis alegrías. Pero ahora el libro está a punto de volver a las estanterías y mis miedos vuelven, como vuelven cada vez que estoy en esta tesitura. Porque publicar no es solo compartir una historia. Es exponerse. Y la critica buena es fácil de digerir, pero la mala no tanto. Y aquí mi síndrome del impostor se hace patente con fuerza.

De repente aparecen preguntas que antes no existían. ¿Y si no gusta? ¿Y si gusta demasiado? ¿Y si nadie lo entiende como yo lo imaginé? El manuscrito, que hasta hace poco era un territorio seguro, empieza a sentirse vulnerable, como si fuera una extensión directa de mis pensamientos más íntimos. Y más este, que tuvo un buen recorrido en el pasado y que ahora llega modificado, limpio de polvo y paja y ampliado a partes iguales para traer toda la vida de un personaje en el que he puesto mucho de mí. Y nunca había sentido tan claramente que escribir es un acto de fe.

He revisado el texto tantas veces que ya no sé si sigue siendo bueno o si simplemente me he acostumbrado a él. Cada frase me parece brillante un día y torpe al siguiente. Descubro erratas invisibles, dudas nuevas, inseguridades que creía superadas. Aun así, el calendario avanza con una serenidad implacable. Y, de pronto, se ha parado todo, a la espera de que pase por otras manos -la del corrector- y tocará volver a comenzar.

Lo curioso es que los nervios no nacen del miedo al fracaso, sino del miedo a ser leído de verdad y que sea digno lo leído. Cuando alguien abra el libro, ya no podré explicar mis intenciones ni corregir interpretaciones. El lector construirá su propia versión de la historia, y tendré que aceptar que el libro dejará de pertenecerme. Esa es, quizá, la parte más difícil del proceso: entender que publicar también significa soltar. Hay noches en las que imagino a un desconocido leyendo una página que escribí en un momento de absoluta soledad. Me pregunto qué sentirá, si se reconocerá en algún párrafo, si encontrará consuelo, incomodidad o simplemente pasará de largo. Pensar en eso me llena de vértigo y también de una alegría difícil de describir.

A pesar del miedo, hay algo profundamente hermoso en todo esto. Escribir siempre fue un diálogo interior, pero publicar lo convierte en conversación. Tal vez los nervios existan precisamente por eso: porque algo que nació en silencio está a punto de encontrar otras voces, otras miradas, otras emociones. El libro ya no será solo un objeto; será una experiencia compartida. Dentro de poco dejaré de corregir comas y empezaré a escuchar opiniones. Habrá críticas, interpretaciones inesperadas, quizá silencios. Todo forma parte del mismo viaje que comenzó el día en que decidí escribir la primera frase y dejarla en manos de terceros. De ojos desconocidos que nada saben de mi personalidad, de mi forma de ser, y que pueden creer descubrir en mis letras algo que ni yo conozco.

Así que respiro hondo. El libro todavía no existe del todo, pero ya camina hacia los lectores. Yo solo puedo acompañarlo hasta la puerta y confiar en que encontrará su lugar en el mundo otra vez. Por eso, mientras espero, convivo con estos nervios extraños, inevitables y, en el fondo, maravillosos: la prueba de que algo importante está a punto de suceder.

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